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El caos del Congreso
Debemos votar pensando en el camino a recorrer en los próximos años y en quiénes pueden ser nuestros compañeros de ruta y no en resolver algún problema inmediato.
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Sábado, 14 de Febrero de 2026

En el Congreso se expresa en toda su magnitud la crisis de los partidos y organizaciones políticas, y con ella de la actividad política, alma y motor de la vida social. Política siempre habrá; es consustancial con la vida en sociedad, pero su calidad e importancia dependen de cómo se organizan y expresan los partidos y organizaciones. La crisis política que se vive en el mundo y concretamente en Colombia es consecuencia a su vez de la crisis e infinito desgaste de los partidos, diría de su concepción, muchos decimonónicos, hijos de otras épocas. Los partidos, aun los más recientes, se volvieron o nacieron como microempresas electorales, generalmente unipersonales. Aunque esta “anomalía política” existe de tiempo atrás, fuera de la simple denuncia verbal, nada se ha hecho para resolverla y, mientras tanto, la situación se ha agudizado con el paso del tiempo. Esto requeriría, ante todo, que las propuestas y discusiones políticas se aborden claramente, con un sentido realista y nacional, no al calor de intereses particulares.

Y hacerlo en los términos de la conocida expresión, que “se escuche la voz del pueblo”, para que de verdad puedan ser sus voceros y representantes en las corporaciones. Se ha esfumado la credibilidad y confianza ciudadana en las instituciones y en los políticos, abriéndole el camino a las ofertas populistas que, aunque sean utópicas, frecuentemente son concretas respecto a problemas y expectativas del elector corriente, que cree que sus requerimientos serán atendidos.

La Constitución del 91 reconoció la importancia de los partidos y organizaciones políticas, como el engranaje del sistema y de la acción política, pero en un arrebato de liberalismo iluso envuelto en un democratismo ingenuo, estableció que la crisis de la política y del poder en el país era consecuencia de un bipartidismo histórico, asfixiante y limitante del alcance de la democracia, reducida a ser instrumento del control oligárquico del poder. Los constituyentes creyeron encontrar la solución, abriendo de par en par y sin condiciones las puertas de la democracia para, sin mayores condiciones ni precisiones, permitir “que florecieran mil iniciativas políticas”. Como consecuencia, nació un aluvión de microempresas electorales, con dueños y objetivos precisos, limitados y no democráticos. Y en esas estamos. Los programas han sido sustituidos por líderes mesiánicos, sean Petro o Uribe, que concentran poder, sin permitir que se generen las estructuras, las prácticas para pasar del paternalismo clientelista a la estructura partidista que el país requiere con urgencia, pero que no encuentra el camino para hacerla realidad.

No será algo milagroso; un camino largo como este requiere que se den los primeros pasos, con firmeza y en la dirección correcta, para darle a Colombia una nueva estructura de la política y de los partidos y organizaciones, sin pretender revivir lo de otros tiempos, que está históricamente agotado; es emprender un camino ciudadano de construcción de la nueva política para los tiempos de hoy, con sus posibilidades y desafíos. Tenemos los elementos para hacerlo y la necesidad que nos motiva. No esperemos milagros. Los líderes irán apareciendo, el discurso se irá ajustando y los resultados irán dándose. Sé que suena vago, pero, salvo la aparición de un líder milagroso, los resultados serán el fruto de un proceso, de nuestro proceso. En las elecciones que llegan no se producirá el cambio, pero sí debemos depositar nuestro voto, con el ojo puesto en quienes consideramos que están dispuestos y con la capacidad de dinamizar y liderar ese cambio.

Debemos votar pensando en el camino a recorrer en los próximos años y en quiénes pueden ser nuestros compañeros de ruta y no en resolver algún problema inmediato. Solo así podremos romper el círculo vicioso de las pequeñas soluciones que, aunque alivien el problema de hoy, no abordan el proceso de cambios requerido. No hay ni fórmulas ni personajes milagrosos. Hay propósitos compartidos y esfuerzos comunes que deben precisarse. Esa es la tarea pendiente; cada uno desde su sitio y ámbito, debemos tenerla presente para aportar, aunque sea nuestro granito de arena, sin esperar milagros o que otros nos hagan la tarea.


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