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Del amor y otros demonios
Petro le reclama a Noboa falta de colaboración, pero en el fondo parecen dos compadres peleando por una cerca mientras la finca se les llena de rastrojo.
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Sábado, 24 de Enero de 2026

Mientras el pasado miércoles el mundo en Davos asistía al show de Donald Trump —quien, muy a su estilo de "negociante de barrio", amenazaba con enviar una misión militar a Groenlandia si no le soltaban la isla—, la geopolítica se jugaba como un tablero de ajedrez de alto nivel. Entre apretones de manos con Milei y desplantes a la ONU, el magnate lograba que Wall Street celebrara y el dólar sacara pecho. Todo muy cosmopolita, muy de "nuevo orden", mientras el Ártico se derrite y las potencias se pelean por los minerales como mirlas por un mango biche.

Tras haber aceitado la maquinaria y conseguir uno que otro guiño, Trump estampó su firma el jueves en la Carta Fundadora de su Consejo de Paz. Este nuevo "aparato" nace con más dudas que certezas, pero con la promesa de trabajar junto a una ONU que, según el rubio mandatario, no sirve ni para sacar un borracho de un baile. En un discurso donde repartió leña parejo —repasando desde el polvorín de Gaza e Irán hasta la herida abierta de Ucrania y nuestra sufrida Venezuela—, Trump dio vida al organismo. Pero no lo hizo solo; lo escoltaron sus nuevos "llaves": un Javier Milei que llegó con la motosierra afilada y un Santiago Peña que no quiso perderse la foto. Juntos, pretenden arreglar el mundo como quien resuelve un entuerto en una esquina, convencidos de que, donde la diplomacia tradicional se quedó sin gasolina, ellos pondrán a andar el motor a puro pulso.

Sin embargo, al bajar de las nubes de los Alpes suizos a la realidad del "corazón del mundo", el paisaje se oscurece. Mientras Trump firma pactos y levanta aranceles, aquí en el vecindario la diplomacia se maneja con el espejo retrovisor empañado. La relación con Ecuador está más tensa que las cuerdas de un violín; el presidente Noboa, en un arranque de "mano dura", decidió clavarle a Colombia un impuesto del 30%, dejando nuestra competitividad viendo chispas.

Y ahí surge la joya de la corona de la ironía: el gobierno de Gustavo Petro. Mientras el mandatario se desvive en tarimas internacionales dando cátedra sobre salvar la humanidad y descarbonizar el planeta —aspirando, quizás, a que la ONU le dé un premio por su "potencia mundial de la vida"—, en casa el fogón está apagado. Ante el desplante de Noboa, nuestra diplomacia de Twitter (X) solo atinó a sacar pecho recordándole a Quito que Colombia les fía el 10% de su luz.

Es el colmo del "vivir sabroso": amenazar con apagarle el interruptor al vecino cuando aquí estamos a un puchito de volver a las velas y al racionamiento por pura falta de previsión. Petro le reclama a Noboa falta de colaboración, pero en el fondo parecen dos compadres peleando por una cerca mientras la finca se les llena de rastrojo. Al final, mientras Trump juega a conquistar el hielo, el "Gobierno del Cambio" se conforma con que no se le queme el pan en la puerta del horno... o peor, con que no nos dejen a oscuras mientras nos echan un cuento de hadas galáctico.


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