Existe un instante casi imperceptible en el desgaste de una sociedad: ese en el que lo inadmisible deja de sorprendernos y, poco a poco, empieza a parecernos habitual. Es ahí cuando todo pasa a formar parte del paisaje.
La noticia que ayer nos sacudía, hoy se pierde rápidamente en la interminable sucesión de titulares. Y antes de que alcancemos a entender las raíces de un problema, ya estamos pasando al siguiente. De esta manera, el caos no se esfuma. Se va acumulando. Como el polvo y la arena que se esconden bajo el sofá. No desaparecen. Solo quedan ocultos.
Un nuevo escándalo de corrupción. Otro caso de violencia contra una mujer. Una temporada de lluvias que afecta a las zonas más frágiles. Errores persistentes en el sistema de salud. El aumento de la violencia en distintas regiones. Alianzas que erosionan la transparencia institucional. El debilitamiento de la autoridad del Estado en materia de seguridad. El desempleo que golpea con mayor fuerza a los jóvenes.
La llegada acelerada de tecnologías que transformarán el trabajo antes de que estemos preparados. Ciberataques que ponen a prueba nuestras infraestructuras. Policías asesinados. La agresión verbal instalada como forma cotidiana de comunicación. Un déficit fiscal elevado que reduce la capacidad de acción del Estado.
Una deuda pública en ascenso que compromete el futuro de las próximas generaciones. Un escenario internacional cada vez más incierto, donde las tensiones geopolíticas cambian las reglas. Medidas arancelarias que afectan nuestra competitividad. Relaciones exteriores que requieren mayor claridad estratégica. Tensiones en las fronteras que impactan la seguridad y la economía regional. Y la lista continúa.
Cada uno de estos hechos, por separado, debería invitarnos a reflexionar.Pero juntos, sin análisis, sin pausa y sin decisiones estructurales, terminan sedimentándose.Lo acumulado no desaparece solo porque decidamos ignorarlo.
Llega un momento en que la cantidad supera la capacidad de ocultarlo. La arena ya no cabe bajo el sofá. Y entonces sucede lo inevitable: estalla.
Hoy no enfrentamos una sola crisis. Enfrentamos una policrisis. Un conjunto de problemas que no solo conviven, sino que se alimentan entre sí: lo fiscal con lo social, lo institucional con lo tecnológico, lo interno con lo geopolítico. Todo esto ocurre en medio de una “polincertidumbre” que ya habíamos anticipado: un contexto en el que no solo desconocemos las respuestas, sino incluso cuáles son las preguntas adecuadas.
Las sociedades no se derrumban de un día para otro. Se desgastan lentamente, mientras confunden lo habitual con lo normal.
Estamos a las puertas de elecciones parlamentarias y consultas que marcarán el rumbo. No es una fecha más en el calendario democrático. Es un punto de inflexión en el que muchas de esas capas acumuladas —corrupción tolerada, violencia normalizada, decisiones públicas insuficientes, instituciones debilitadas, fragilidad fiscal, presiones externas— pueden perpetuarse o empezar a corregirse.
Decidir sin información es seguir escondiendo el polvo. Decidir con conciencia es comenzar a limpiarlo.
Lo que está en juego no es solo la composición del Congreso o el resultado de una consulta. Está en juego el marco de decisiones que influirá en varias generaciones: cómo enfrentaremos la violencia, cómo protegeremos la vida, cómo restauraremos la autoridad legítima del Estado, cómo estabilizaremos las finanzas públicas, cómo nos ubicaremos en un entorno geopolítico cambiante, cómo prepararemos a los jóvenes para el empleo del futuro, cómo responderemos a los riesgos tecnológicos y climáticos, cómo reconstruiremos la confianza ciudadana.
La responsabilidad de este momento supera muchas decisiones históricas que hemos tomado. Porque ahora no se trata únicamente de elegir entre opciones políticas, sino de frenar la normalización del deterioro. Un voto informado no es un simple gesto simbólico. Es una forma de contener la acumulación del caos.
Participar con responsabilidad implica reconocer que el futuro no se define en abstracto, sino a través de decisiones concretas. El cambio no empieza en los discursos. Empieza en la conciencia individual. Empieza por mí. Y este es el momento de demostrarlo.
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