A aquel lejano pueblo de la provincia de Ocaña de nuestro departamento Norte de Santander llegó en 1950 como párroco el padre José Francisco Rodríguez Salazar. Además de encontrar tal atraso que era el único municipio sin carretera, también se percató de que la gente era violenta, particularmente la del área rural, afectada por la pobreza y el analfabetismo. Bien recuerdo sus homilías al respecto: “Cómo es posible – tronaba desde el púlpito - que no puede pasar un domingo sin que en la tarde ya haya hasta tres hombres muertos a cuchillo, fruto siempre de la borrachera. ¡Y ello dizque en un pueblo cristiano, católico!”.
En verdad, aquello se había vuelto un paisaje. Los campesinos arrimaban el domingo al poblado a cumplir dos tareas principales: asistir a la misa y luego mercar para la semana. Pero una vez comprados o fiados los víveres en las tiendas, pasaban a las cantinas a tomarse una cerveza de brindis con el amigo, o con el compadre, el vecino o el pariente. Mientras tanto, la bestia con los costales de mercado atados a la montura esperaba pacientemente en la calle empedrada. “Sírvame la otra”, le pedían al cantinero, o “écheme el otro trago”, y así hasta llegar a una enorme juma.
Entonces los contertulios se tornaban delicados, susceptibles, y comenzaban los desafíos: “Si es tan arrecho, píseme esta saliva”; el otro la pisaba y ahí venía la primera puñalada. Otra pelea se formaba por un reclamo como este: “Usted es un mal individuo”, a lo cual respondía el aludido: “A mí, usted me respeta; no me diga “endividuo”; más endividuo será usted gran h.p.” Y cuchillada segura.
Para los chiquillos de entonces ver dónde había una trifulca era – ¡Dios me perdone! – como una diversión. Hubo festivos en que al mismo tiempo se desataban arriba del pueblo, en el centro y abajo. ¿A dónde correr? Los contendores nos ponían en aprietos.
Lo cierto es que el párroco clamó tanto, reprendió y pidió cumplida justicia para los asesinos (no diálogos ni premios como hoy), que la violencia cesó de una vez por todas.
Apaciguado el pueblo, la vida transcurría monótonamente; solo cosas menores y chismorreos de señoras agitaban el ambiente. Y para solaz nocturno, el padre Rodríguez se ideó un programa crítico-jocoso en la emisora La Voz Parroquial, en que una supuesta viejecita, doña Lola, iba a la casa cural a llevarle los últimos chismes del vecindario. (El padre Rodríguez, de quien recibí la primera comunión, fue llamado a los cuatro años de permanecer allí, a la ciudad de Santa Marta, a ocupar el cargo de vicario general de la diócesis. Este mismo destino lo ocupó luego en Ocaña al erigirse la diócesis del mismo nombre. Ya para entonces había recibido el título de monseñor).
Esporádicamente aparecían los eternos chapetos Pablo Antonio Suescún, Pacho Bastos y Gregorio Alvarado a gritar y cantar por la calle y a echar coplas maliciosas. Si de la pea se derrumbaban en los andenes, la policía los dejaba quietos, pero cuando se agarraban a guamazos conducían al trío a dormir en la guandoca.
¡Ah!, y también rompían la rutina las andanzas del único raterillo que había por el contorno, Pedro Luna, experto en andar por los solares coleccionando gallinas y huevos. Al chico, por conocerle sus mañas, lo acusaban de todo. Tanto que una vez fue arrestado por algo que no había cometido. Al preguntarle al alcalde por qué lo detenían, éste le respondió que por el robo de un marrano. “¿Cuándo ocurrió eso?”, preguntó Pedro. “El jueves pasado”, contestó el funcionario. “Señor alcalde - repuso el muchacho -, acuérdese que ese día usted me tenía preso”.
orlandoclavijotorrado@yahoo.es
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion.
