En Colombia se ha buscado instalar una narrativa peligrosa: la idea de que buscar el beneficio propio es una especie de falta ética. Se ha vuelto común señalar el ánimo de lucro como un vicio, como si el deseo de ganar dinero fuera una afrenta contra la sociedad. Sin embargo, esta visión ignora la realidad más básica de cualquier economía: nadie arriesga sus ahorros, su tiempo y su tranquilidad por simple caridad.
El ánimo de lucro no es un pecado; es el motor más potente de bienestar que conocemos. Cuando alguien decide abrir una panadería, un taller, un consultorio o una constructora, no lo hace para explotar al prójimo ni para vulnerar derechos. Lo hace por una razón profundamente humana y legítima: querer salir adelante, mejorar su vida, darle oportunidades a sus hijos o propiciar una mejor vejez de sus padres.
Esta búsqueda de bienestar individual genera un beneficio colectivo. Para que a ese emprendedor le vaya bien, está obligado a servir a los demás: debe ofrecer un pan de calidad, arreglar bien una moto, cuidar la salud de sus pacientes o mejorar la vivienda de sus clientes. Es lo que Adam Smith explicó hace siglos: no es la benevolencia del carnicero la que nos da la cena, sino su propio interés en prosperar. Al buscar su beneficio, el empresario termina —por necesidad— satisfaciendo el nuestro.
Esa dinámica, sin embargo, es frágil. Toda empresa necesita contratar personas para funcionar, y cuando un decreto aumenta arbitrariamente los costos de esa contratación, es lógico que el negocio se vea presionado a subir sus precios para sobrevivir. Por eso resulta descabellada la idea gubernamental de controlar los precios desconociendo el mundo real. Sin utilidades no hay inversión; y sin inversión, no hay empleo formal, ni innovación, ni tributos para financiar al mismo Estado.
Criminalizar el lucro es, en el fondo, despreciar el esfuerzo de millones de colombianos. El tejido empresarial del país no es un bloque de millonarios distantes; son familias enteras que se levantan cada día a cuadrar cuentas y a jugarse su patrimonio en la incertidumbre. Estigmatizar las ganancias es una receta para la parálisis: cuando se castiga al que gana, se incentiva al que se detiene. Un país que condena al que sale adelante está condenado a repartir miseria en lugar de crear riqueza. Deberíamos haber escarmentado después de ver a casi 8 millones de vecinos escapar.
Querer ganar dinero no es el problema. El verdadero obstáculo es la comodidad de quienes condenan el lucro desde la burocracia o la ignorancia, sin conocer el desvelo de arriesgar el patrimonio. La realidad es una sola: si no existen condiciones para que el esfuerzo y el riesgo de satisfacer necesidades ajenas sea recompensado, el motor del progreso simplemente se apaga.
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