El siniestro aéreo ocurrido ayer hacia el mediodía, cuando un avión al servicio de la aerolínea Satena se vino a tierra en una zona boscosa de la vereda Curasica, en zona rural del municipio de Playa de Belén, con saldo de 15 muertos, se suma al registrado hace 38 años en el cerro El Espartillo. En esa oportunidad, el accidente involucró a un avión de Avianca y dejó un total de 143 personas fallecidas.
El vuelo 410 de Avianca se estrelló a las 13:17 del 17 de marzo de 1988, cerca de Cúcuta. El hecho ocurrió poco después del despegue, al chocar contra el citado cerro. A diferencia del ocurrido ayer, fue el accidente de aviación más mortífero registrado en Colombia hasta el vuelo 965 de American Airlines, con 159 fallecidos y cuatro sobrevivientes, el 20 de diciembre de 1995.
Al momento del accidente, la aeronave realizaba la ruta nacional regular Cúcuta–Cartagena, con 136 pasajeros a bordo y siete miembros de la tripulación. Momentos después de despegar del Aeropuerto Internacional Camilo Daza, se estrelló contra el cerro El Espartillo, en jurisdicción del municipio de Sardinata.
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Relatos escalofriantes de aquella tragedia
La Opinión presenta apartes de la noticia de la mayor tragedia aérea ocurrida en Norte de Santander.
“Cuando llegué al sitio del accidente y vi todo desintegrado, tanto el avión como los pasajeros, fue impactante. Llevaba mi bolsa de polietileno en la mano, con todas las ganas de ayudar, pero con una mínima esperanza de encontrar a alguien con vida. Me encontré con un vecino de la zona, quien me dijo: ‘yo le guío y colaboro en el camino, pero no me pida que meta nada en esa bolsa’. Así hicimos…”, contó el capitán del Cuerpo de Bomberos de Cúcuta, Agustín Díaz Rodríguez.
Ese jueves 17 de marzo de 1988, hace 38 años, cientos de civiles, socorristas, bomberos, integrantes de la Defensa Civil, la Cruz Roja y lugareños no pudieron hacer nada. Solo conocían la noticia del accidente del Boeing HK-1716 de Avianca, pero a todos les tocó aguardar esa noche al pie del cerro El Espartillo.
“Era increíble la cantidad de gente que fue a prestar su ayuda. Cuando yo llegué, el mismo 17, como a las 5:00 p. m., ya había muchos allí viendo qué hacer”, relató. “Pero ya era muy tarde y la noche nos iba a sorprender en plena subida. El sargento de la Policía que estaba a cargo nos dijo que había que esperar hasta el otro día”.
Al día siguiente, a las 4:30 a. m., fue la partida del batallón de ayuda.
“Hacía muchísimo frío. Era mucha la gente que se unió a colaborar. A las 9:00 a. m. por fin estábamos en el sitio del accidente, después de cuatro horas de intensa caminata. Es una imagen que no se puede borrar de la mente tan fácilmente”, señaló. “En esa bolsa me tocó echar, de lo que recuerdo, el pie de un hombre que reconocí por lo grande y el cuerpo de una mujer. Bueno, en realidad era el torso, porque no tenía rostro, y otras partes de cuerpos más pequeños. Allí no quedó un cuerpo entero, qué doloroso”, contó el capitán.
Cuando la bolsa le pesó un poco más de 20 kilos, fue el momento de regresar. “Había ropa esparcida por todo el cerro, de la misma forma en que quedaron el avión y las víctimas”, dijo.
“¿Cómo regresé y por dónde bajé? No lo supe. Hoy tampoco lo recuerdo. El señor me decía: ‘salte, brinque’, y yo solo veía abismo por un lado y por el otro. Se veía pura neblina y la bolsa a cuestas. En ocasiones, el vecino sí me ayudó, porque pesaba mucho y, como eran tantos precipicios que él conocía a la perfección, le tocó darme la mano para bajarla”, detalló.
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Al pie del cerro El Espartillo estaba el helipuerto improvisado que instalaron las autoridades, a la espera de lo que encontraran los rescatistas y voluntarios.
Detrás del capitán Díaz, todos los socorristas descendían con la misma realidad: no quedó nada. “El impacto destrozó todo…”. Los restos de la aeronave y de sus ocupantes quedaron esparcidos en un radio de 500 metros.
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