Sus manos fuertes ya no son tan suaves. Cada corte, cada callosidad y cada grieta dibujan las largas jornadas en su taller. Ellas cuentan historias y dejan huellas en la madera que moldea para forjar cada instrumento musical que fabrica.
Suenan las cuerdas del requinto con las melodías precisas que quería y él sonríe. Olegario Mora Flórez siempre soñó con lo que hoy hace: fabricar instrumentos musicales de cuerda. En Toledo, donde vive, todos le conocen como el luthier del municipio.
Ahí en el patio de su humilde casa, fabricada con madera y bloques rojos, levantó el taller donde crea, se inspira y da formas a los cuatros, guitarras, tiples, requintos, violines y demás instrumentos.
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Sus primeros encuentros con las maderas los halló lijándola, en un taller que tenía su familia en Venezuela, donde vivió luego de salir del liceo. En la sangre le corre el amor por la madera, pero a él no le bastaba con ayudar a fabricar muebles, sillas, mesas, peinadoras, bibliotecas. Eso no le llenaba el alma.
Olegario Mora, de 37 años, quería que sus manos dieran forma a creaciones que fueran más allá de una simple utilidad. Él quería que aquello que entregase regocijara el ser y las emociones de quienes lo agarraran entre sus manos y lo interpretaran, sin importar el género musical.

Pasó varios años siendo ayudante de carpintería, “pero, siempre persistía aquella inquietud. Estaba lijando y uno dejaba ir la imaginación con aquello que era su sueño. Pero, esos años me dieron la oportunidad de empezar a conocer de las maderas”.
Sonríe cuando recuerda sus primeras exploraciones en internet, luego de 2008, en donde ávido de información buscaba “cositas” –como él mismo dice- sobre los instrumentos de cuerda.
Olegario sabe tocar los instrumentos de cuerda y siempre le llamó la atención la música. Pero, la inquietud por saber cómo se fabricaban era mayor.
“Yo toco el instrumento, pero sentía aquella cosa de saber cómo harán para que suene así, de donde salen esos orillos, los filetes. Siempre sentí mucha curiosidad. Y cuando volví (de Venezuela a Colombia), me entró aquello de que uno no se siente cómodo con lo que está haciendo, porque en el trabajo que estás haciendo hoy uno lo hace y normal, se gana su diario de vivir, pero también uno se queda con aquella inquietud de que si yo hiciera lo que sueño”, relata.
Al regresar a Toledo, tras unos meses trabajando en el taller de su compadre como carpintero, decidió lanzarse al ruedo de la música y armó una carpa de plástico negra en donde solo tenía una mesita metálica con la sierra y así arrancó.
El primer instrumento que logró fabricar desde cero fue una guitarra acústica, que buscaba emular a las Silent de la marca Yamaha.

“Es una guitarra que no tiene caja acústica, sino que es una parte maciza y tiene la forma de la guitarra así en aro. Pero entonces el sistema electrónico es lo que la hace especial. Así empecé, eso fue lo primero que hice”, cuenta.
Luego de ello siguieron requintos, cuatros, violines y otros instrumentos de cuerda. Su taller lo amplió en el patio de su casa, donde su creatividad corre acompañada de los tintos y el amor de su esposa,
Yesika Márquez, y sus dos hijas: Sara Isabella, de 6 años y Shadyel Lucía, de 2 años. Su día a día siempre está envuelto por ellas tres, la música y sus raíces agrícolas, porque siembra frutas y cría animales como lo hacen muchos toledanos.
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Cada pieza es única
Para Mora Flórez, el crear sobre la madera es más que su oficio su pasión. Él mismo comenzó a fabricar las herramientas de trabajo para dar forma a maderas como el sapelly que emplea en los aros y el fondo del requinto, o el pino abeto para la tapa armónica, porque es blanda y liviana, que se “presta para que las cuerdas vibren mejor, o sea, tengan mejor sonido”.
“Para el mástil uso la caoba y en el diapasón y el puente, pues me gusta usar el palo santo”, detalla con sutileza.

Olegario trabaja sobre pedido, es decir, fabrica uno a uno los instrumentos que le piden, son piezas únicas, en las puede tardar hasta tres meses en su elaboración.
En Toledo todos lo conocen y sostiene que la recomendación y la calidad de sus piezas han sido la base de su éxito. “Los artistas locales me conocen de mi oficio y ellos recibieron el trabajo de una buena manera, les ha parecido bonito, bueno y me han recomendado con otros. Ha sido como una cadena”, cuenta.
Recuerda que cuando inició la primera persona que confió en su talento fue su parcero Edward Ortiz, quien le compró su primera guitarra. “Él se la llevó para Saravena, y allá la gente comenzó a preguntarle: ‘¿dónde compró esa guitarra? ¿Qué marca es esa guitarra?’ Entonces, ya empiezan a relacionarlo a uno con su trabajo, porque él les decía que un muchacho en Toledo las fabricaba”.
Así su trabajo se ha ido afianzando, y la mayoría de sus clientes son de Cúcuta, así como de las agrupaciones locales de Toledo y de Norte de Santander que ya reconocen su talento.
Hoy, Olegario Mora Flórez lleva en su inventario más de 90 instrumentos fabricados desde cero, y muchas reparaciones, aunque confiesa que le gusta más crear, porque le permite personalizar cada pieza según desee el cliente.
Sus sueños
Mora Flórez cree en sus capacidades como lutier y en sus talentos. Dice que esto permite que todos los días se levante a perseguir sus sueños, entre los que cuenta que le gustaría fabricarle un instrumento a un artista famoso como El Heredero o ver sus instrumentos en las manos de las estrellas de bandas que él mira en la televisión en los videos musicales: “sería genial”.
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Además, quiere fabricar un arpa, uno de los instrumentos que aún no ha hecho pero que le gustaría elaborar desde cero. Esto para él es un reto.

También anhela darles una mejor vida a sus hijas y su esposa, las cuales son su motor y razón para seguir trabajando.
En cada instrumento no solo queda el paciente trabajo de sus manos, sino también una conexión íntima con la madera que transforma.
Para Olegario, ser luthier es más que un oficio, para él es imaginar sonidos antes de que existan, dar forma a la materia con calor y precisión, y convertirla en vibración y emoción.
Así, entre cuerdas, trastes y vetas, nace no solo un instrumento, sino una extensión de quien lo crea y de quien, algún día, lo hará sonar.
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