En septiembre de 2023, un despliegue masivo de 11.000 funcionarios rodeó el Centro Penitenciario de Aragua, conocido como Tocorón, una prisión en Venezuela que con los años se transformó en un cuartel criminal. El objetivo era desmantelar la base de operaciones principal del Tren de Aragua, la megabanda más poderosa del país, que durante casi una década había ejercido un control absoluto sobre ese recinto penitenciario.
Tocorón no era solo una cárcel, sino el epicentro de una organización que, nacida entre los escombros de un proyecto ferroviario abandonado, extendió sus redes más allá de las fronteras del país.
A pesar de las numerosas denuncias e investigaciones que documentaban los crímenes del Tren de Aragua, que van desde la extorsión, homicidio, secuestro, tráfico de drogas y otros delitos, el gobierno venezolano tardó en actuar con contundencia.
Los primeros reportes de actos violentos atribuidos a esta megabanda fuera de Venezuela se registraron en Perú y Colombia, en 2018
Sin embargo, no fue hasta cinco años después, que ocho países de América Latina fueron denunciando progresivamente la presencia de este grupo en sus territorios, cuando el gobierno comenzó el operativo para eliminar su base de operaciones.
Lo que comenzó como una banda local se transformó en una amenaza transnacional, aprovechando la vulnerabilidad de las rutas migratorias en la región, donde sus principales víctimas son los migrantes venezolanos que huyen de la crisis humanitaria que ha expulsado a casi 8 millones de personas del vecino país.
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, incorporó al Tren de Aragua en su discurso político y lo comparó con grupos terroristas como Al Qaeda.
Durante su campaña, Trump prometió acabar con la presencia del Tren de Aragua en ese país, y para lograr ese objetivo, dos meses después de llegar al poder, resucitó una ley de 1798 para facilitar la deportación masiva de venezolanos.
Las recientes decisiones demuestran que para Trump, la megabanda no es solo un problema criminal, sino una narrativa que alimenta su agenda migratoria.
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En este contexto de expansión, narrativas y violencia transnacional, expertos como el criminólogo venezolano Keymer Ávila, coordinador de la especialización en Ciencias Penales y Criminológicas de la Universidad Central de Venezuela (UCV) entre otros pergaminos, analizó el fenómeno de la banda criminal desde una perspectiva académica y práctica, tras las políticas impuestas por Estados Unidos y la vinculación de muchos migrantes venezolanos con este grupo criminal, incluidos quienes fueron deportados a una cárcel de máxima seguridad para terroristas, a pesar de no ser sometidos a debidos procesos.
El origen de la estructura criminal
Para entender la complejidad operativa del Tren de Aragua, Ávila se remonta a la historia de la creación de esta banda criminal.
El académico es enfático al señalar que sí existe, pese a la narrativa oficial en Venezuela, y es uno de los grupos delictivos más grandes del país que nació en el estado Aragua y tiene su origen en los sindicatos que trabajaban en un proyecto ferroviario que no se terminó.
“Como sucede en otros países vecinos, la banda tenía su base de operaciones en la cárcel. Desde allí coordinaba con distintos grupos delictivos y logró expandirse al menos a 11 estados del país; además es importante resaltar que sus principales víctimas son los migrantes venezolanos”, indicó.
Entre los estados donde la banda, precisa Ávila, prefirió ampliar su presencia fue en los fronterizos, costeros y mineros, lo que les permitió tener participación en una gran diversidad de mercados ilícitos, entre ellos las rutas de migrantes y el tráfico de personas.
Narrativas sobre el Tren de Aragua
Una de las narrativas que más ha calado, que utilizan Trump y su gabinete, es que la presunta presencia del Tren de Aragua en Estados Unidos representa un peligro de invasión y terrorismo en la potencia más importante del mundo.