Cecilia Navia, más conocida como Chichila, cuenta con una de las carreras actorales más sólidas entre las artistas de su generación. Desde los cuatro años de edad comenzó en el mundo de la televisión, también incursionando en el teatro y el cine con un gran impacto, pero nadie conocía el infierno interior que vivía en su interior.
Ahora, después de cuatro décadas de debutar en programas como Pequeños gigantes y mantenerse con dedicación y talento en la pantalla chica, decidió contar su historia en Suficiente, un libro donde presenta su faceta más íntima y valiente para contar cómo fue el ser una niña actriz en un medio donde la gordofobia es el pan de cada día.
Un testimonio crudo y necesario en tiempos donde redes sociales, filtros y bullying, donde las alarmas sobre la salud mental están encendidas, pero que se puede reparar si se atiende a tiempo.
Doloroso camino
¿Por qué decidió contar su historia?
Hace muchos años me convocaron para escribir un libro, por la imagen inspiradora, porque yo había sido gorda pero adelgacé, entonces decían: “A ella ya le cambió la vida, ella es el ser más inspirador porque logró ser flaca”, pero la verdad no quería, al menos desde ese punto de vista.
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En realidad, mi historia es muy dura, tiene un quiebre con la relación con la comida y con la imagen desde mis siete años de edad, por herencia familiar. Toda mi vida fui una mujer de talla grande, hasta los 31 años, por lo que siempre creí que mi peor problema era esa condición, siempre la vi como algo malo, que me estaba haciendo algo malo a mí, y de paso, algo malo al mundo.
Cuando cumplí 31 años llegué a ser flaca a través de un proceso muy sano de aprender a comer y ejercicio, lo que hace que cambie mi cuerpo, pero mi mente seguía siendo la misma niña insuficiente, llena de dolores, de angustias.
Entonces, cuando me convocaban a escribir un libro, yo decía: “Yo qué voy a decir si yo vivo un infierno en mi cabeza”. Yo todos los días tengo algo por lo que trabajar para sentirme un poco suficiente, pero no lograba saciar esa parte de mí, con muchas obsesiones.
¿En qué momento tomó la decisión de escribir su historia?
Fue en plena pandemia. Se me disparó otra vez el trastorno alimentario que había tenido muy latente en la adolescencia. Así funciona el cerebro, un sólo episodio lo detonó todo y terminé en crisis bulímica, vomitando todo como me ocurría en la adolescencia, y por primera vez me di cuenta que necesitaba ayuda, por lo que me apoyé en mi entorno, en mi esposo y una especialista que trabaja con los trastornos alimentarios, para entender bien lo que me ocurría desde que tenía siete años de edad.
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Empecé a trabajar todo esto, adquirir herramientas para no cambiar la adicción a la comida por la adicción a las dietas y a la obsesión por el cuerpo perfecto. Cuando entendí todo lo que me pasaba en la vida y empecé a trabajar para caminar, fue dirigirme hacia la libertad de verdad. Fue en ese momento en que supe de qué quería escribir.
De esto sufrimos muchos, pero es vergonzoso y nadie habla de esto. La gente sufre en secreto su relación con la comida, piensan que sólo les ocurre a ellos. Muchas veces, hasta las personas más bellas son las que más sufren con eso.
¿Cómo fue la experiencia de escribir un libro sobre un tema tan doloroso?
Pensé que me demoraría un año, pero estaba muy equivocada. Casi me tocaba declararme incapacitada psicológicamente, porque al ponerme a revolcar las memorias de la infancia, eso me abrió la herida, me puso muy vulnerable, me deprimí hasta el punto de pensar que no lo lograría.
Fue un momento muy interesante en mi vida. Yo siempre era capaz de todo lo que quería hacer, siempre súper fuerte. Cuando me propuse adelgazar, dejar el cigarrillo, ser mamá, lo hice, pero al escribir sentía que no podía, estaba muy destrozada. Todos fueron muy pacientes y logré sacarlo adelante a través de mucho esfuerzo.
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Después entendí porque me había demorado, lo que logré descubrir en ese último año es muy trascendental y muy bonito en mi proceso.
No es una invitación a que adelgacen, ni a que engorden, nada de eso. Es una invitación a que tomen decisiones y caminen a la libertad, preguntándose cosas realmente importantes.
¿Cuál fue la clave?
Lo que pasa es que, así suene a panfleto, el trabajo es el autoconocimiento. Esa es la exploración de todo lo que es equilibrio en ti. Tú eres tres: mente, cuerpo y alma. Lo que me salvó a mí, durante toda mi vida, es que siempre fui muy espiritual, por eso no caí en las drogas o depresión, pero mi relación con mi cuerpo siempre era muy nociva, me hacía mucho daño, y eso lo pude mejorar.
No solamente hablo de estar flaca, sino que logré aprender a comer, hacer buen ejercicio, mis exámenes médicos son fantásticos. Yo tengo un organismo impresionante, una salud envidiable, tengo defensas de mamá, pero mi mundo psicológico estaba destruido, y debía esculcar esas memorias, ahí es donde hay que entender cómo funciona el cerebro, cómo funcionan tus procesos mentales, tus pensamientos. Eso también es otro universo.
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¿Más siendo una persona pública?
Mucha gente decía: “Ella se adelgazó, entonces ya se superó, ya es absolutamente feliz, tiene una vida ideal”, pero nadie tiene ni idea lo que vive el otro. Nadie tiene ni idea. Es muy loco porque yo llegué a tener unas crisis muy duras en la pandemia, y al mismo tiempo yo era imagen de salud y de belleza, porque además me volví una influencer muy fuerte en redes sociales sobre estos temas, pero por dentro estaba destrozada.
Nadie tiene ni idea de qué es lo que vive detrás un ser humano. Hubo momentos muy puntuales que fueron heridas muy letales en mi relación conmigo, con mi cuerpo, con la suficiencia, y más para nosotras las mujeres que los requisitos son infinitos. Hoy no solamente hay que casarse y ser buena madre, también buena esposa, profesional, exitosa y estar buena. La lista es interminable.
Un problema de todos
¿Sólo afecta a las mujeres?
Es un problema del ser humano actual, no solo de nosotras, es de todos. Creo que va relacionado con el mismo aprendizaje del ser humano. En mi caso, mi herida está relacionada con la comida, pero otros la tienen con otras cosas, como el juego. Lo importante en todo esto es poder hablar de esas cosas.
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Interesante que fuera en pandemia el momento que se detonara de nuevo el trastorno, pero también, la idea de hablar de ello…
Yo siento que la pandemia lo que hizo fue que nos llevó a un punto de vulnerabilidad obligados, que no nos permitíamos los seres humanos en general. Siempre nos han dicho que hay que ser valientes, pero es muy loco porque nos dicen que no seamos vulnerables, pero uno no puede ser valiente sin ser vulnerable.
La pandemia nos llevó a ser vulnerables y a enfrentar la vergüenza. Sí los seres humanos entendiéramos el regalo que es para nosotros ser vulnerables y atravesar la vergüenza, entenderíamos que ese es realmente el camino hacia el valor de sentirse suficientes. Queremos ser valientes pero desde un lugar que no se nos despeine el copete, lo cual es imposible.
Este libro es lo más valiente que he hecho en mi vida, porque a la vez, fue muy vergonzoso, pero eso va a ser que quien esté atravesando por algo así diga: “no soy la única”. A muchas mujeres les está ocurriendo, pero son cosas de las cuales no se habla, ni siquiera en casa, pero cada día hay más niñas en las clínicas por trastornos alimentarios. Afortunadamente ya el plan obligatorio de salud lo metió dentro del plan.
Todo esto en tiempos de redes sociales y tendencias que pueden ser nocivas…
Es muy peligroso, en medio de los filtros y las modas que se vuelven tendencia en tiempo récord, como la moda de la delgadez extrema, para lo cual, las niñas están haciendo de todo en contra de su salud. De ahí la importancia de hablar de esto. Yo tengo una hija de 11 años y no quiero que le toque sufrir ese dolor.
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¿Habla de estos temas con ella?
Ella sabe mi historia. Mi hijo adolescente también, porque en casa se habla de eso. El libro es una invitación para hablar de estos temas por más incómodos que sean. Hablemos de gordofobia, saber ¿Qué es eso? ¿De dónde viene? ¿De dónde nace? Preguntarle a sus hijos de cómo se sienten ustedes con su cuerpo.
Ayer fui a un evento y lo primero que me dijo una señora, que no veía hace mucho tiempo, fue: “¡Cómo estás de flaca!”. No es una buena idea, nadie sabe que hay detrás de la delgadez de nadie, porque no se sabe qué hay detrás de esa delgadez, que puede ser producto de una enfermedad o un trastorno, pero todo el mundo cree que puede ser un halago. Algo que se ha normalizado.
Yo fui una niña que nació y se desarrolló como gordita, entonces a mí me clavaron la idea de que yo tenía una falla. Luego llegué a la televisión y fue peor, por lo que desde los siete años empecé con mis problemas con la comida. Más aún en esa época que no había diversidad en los cuerpos. Hoy en día, por lo menos, hay una conversación abierta.
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