Son las afugias de un departamento y, muy en particular, de una ciudad en crisis que, aunque se lo proponga y lo intente, no encuentra la salida a tantos problemas, las que llevan a preguntar qué se está haciendo o dejando de hacer más allá de lo acostumbrado, para encontrar los alivios necesarios.
No mucho, la verdad, a menos que cartas al presidente Santos explicando lo que hasta él sabe se puedan considerar una especie de panacea universal que acaban de descubrir nuestros alquimistas de la política parroquial y regional.
Porque, si bien es cierto que tanto en la gobernación como en la alcaldía se pregona un clima de unión idílica de las dos dependencias para buscarle caminos seguros a la región hacia el futuro que es hoy mismo, también es cierto que nada de este estado seráfico se percibe en forma de resultados prácticos.
Desde luego —y hacemos fila detrás del boxeador Kid Pambelé —, siempre es mejor estar unidos que desunidos. Pero también siempre hay que saber no solo para qué es la unión, sino cómo se refleja en la fría realidad de los objetivos y de los resultados obtenidos.
Que la unión hace la fuerza no siempre es cierto. Y tal parece que en Norte de Santander se puede demostrar esta excepción confirmatoria de la regla, pues, si como dicen el gobernador y el alcalde de Cúcuta, estamos unidos, parece que nadie, en el alto gobierno, al menos, se ha dado cuenta.
Y si ya lo notaron, no les ha generado reacción alguna. Ha faltado fuerza, es decir, ese vigor necesario para entrar en movimiento y causar impacto real.
Creer que una carta enviada hace pocos días pondrá en movimiento al más alto gobierno en busca de soluciones para nuestra región es esperar demasiado. ¿Cuál es la razón para pensar que, al contrario de las numerosas enviadas por los pasados gobernador y alcalde, esta carta sí va a ser tenida en cuenta? ¿La unión?
Se dice que de cartas así, pendientes de una respuesta que jamás ocurrirá, está lleno el anaquel detrás del escritorio de la tercera secretaria de la presidencia de la República. Otra más, no importará…
Que las nuevas administraciones solo tienen 18 días en funciones es muy cierto. Pero también lo es que cuando asumieron ya debieron tener claro lo que se debía hacer desde el primer minuto. ¿Se hizo? ¿Qué?
La leve embriaguez que debe despertar el hecho de que tanto gobernador como alcalde están unidos quizás no ha permitido comprender a cabalidad todo lo que se mueve a ras de piso en las calles de Cúcuta, para no ir más lejos.
Los pimpineros, los bachaqueros, los vendedores de contrabando, y hasta los de aguacates, reforzados por los deportados desde Venezuela, son los reales dueños de la ciudad. Al menos de sus calles. Que la mayoría de pimpineros esté en receso no niega que —ellos sí unidos en la acción, no solo en el discurso— en sus manos está el futuro inmediato de la seguridad de Cúcuta.
Hay que moverse. Nuestros más altos funcionarios, acompañados todos por nuestros congresistas y nuestro ministro, todos en olor de unión, deben ir hasta las puertas de los despachos más importantes y exigir respuestas, no a la carta, sino a los problemas.
Porque, por si lo ignoran, dentro de poco los pimpineros se movilizarán, y con ellos los vendedores de cuanto se puede vender, los usurpadores del espacio público, los abusadores de todo, los deportados de Maduro, y quién sabe quiénes más. Ya se están preparando.
Y, entonces, Cúcuta será un curioso escenario en el que, ojalá no ocurra, chocarán dos fuerzas: una, la del Estado con todo su aparato de poder, y otra, la de los militantes de la ilegalidad, estos sí unidos y actuando. Despiertos…
