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Editorial
Una gran vergüenza
Árboles moribundos, grietas, arena, falta total de prados, palmeras enfermas, agua empozada y putrefacta, alumbrado destruido, montones de basura acumulada por años, lozas levantadas y rotas.
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Domingo, 20 de Septiembre de 2015

Es una utopía, desde luego, realmente, una perogrullada, pero muchas cosas serían diferentes si a los gobiernos llegaran los mejores ciudadanos, los más idóneos, y no la enorme masa de burócratas que todo lo ignoran porque nada les importa, a no ser sus salarios.

No son todos, eso está claro, pero sí una mayoría apabullante de colombianos que, por padrinazgos y clientelismos, ocupan oficinas que no merecen, que les quedan tan grandes como su ineptitud y el sacrilegio permanente que cometen al considerarse funcionarios del Estado.

El increíble estado de abandono del Centro Histórico de Villa del Rosario basta y sobra para reafirmar que en las esferas del gobierno es más lo que se ignora que lo que se sabe, más lo que se desprecia que lo que se respeta.

¿Cómo, la cuna del general Francisco de Paula Santander y de la Gran Colombia pueden estar en la situación de miseria y de abandono en que están, sin que a todos los altos funcionarios del ministerio de Cultura, por ejemplo, les preocupe?

Todo el complejo es una gran vergüenza, a pesar de que la casa de Santander haga la excepción.

¿Qué pensará cualquier visitante que se atreva a visitar el lugar, con todos esos muñones de palmeras muertas enterradas en un arenal que ofende? Pensará que acá, en Cúcuta y Villa del Rosario, somos dementes para darle un trato así a nuestro Padre de la Patria y unos ignorantes para los que la historia vale menos que un comino. ¿Qué más podrá pensar?

Árboles moribundos, grietas, arena, falta total de prados, palmeras enfermas, agua empozada y putrefacta, alumbrado destruido, montones de basura acumulada por años, lozas levantadas y rotas... ese es el retrato de la dejadez en la que tenemos sumido el altar de la patria.

Tenemos, porque sabiendo que a los funcionarios que les corresponde cuidar de este lugar sagrado no les importa, no hemos hecho lo que se debe hacer para sacudir a los burócratas a fin de que despierten de su modorra eterna.

Desde luego, antes debemos despertar y reclamarles por su desdén a todos los congresistas elegidos por el departamento, a veces más alejados de nosotros que todos los empleados públicos del gobierno central.

El hecho de que hayan reducido el presupuesto del ministerio de Cultura no es un obstáculo para que senadores y representantes a la Cámara presionen en busca de recursos, en momentos en que el gobierno en Bogotá está sensibilizado en relación con Cúcuta y la crisis fronteriza que afronta.

Igual vale para el ministro del Interior y para todos aquellos que, influyentes, se sientan comprometidos con este departamento, con Villa del Rosario y con el general Santander, un personaje al que, a propósito, no se le está haciendo el reconocimiento que se le debe hacer como el más grande hombre de nuestro país antes, durante y después de la Independencia.

Por no hacernos valer en lo que realmente somos, los nortesantandereanos estamos condenados a que desde Bogotá nos entreguen no lo que nos corresponde, sino lo que les parece. El problema es que muy pocas veces hacen ese ejercicio. Si no hubiera sido por la actual crisis fronteriza, hubiéramos seguido en el olvido en el que nos hemos mantenido siempre.

No se trata de pedir por hacerlo, sino de exigir lo que por derecho le pertenece a la región. En consecuencia, todos debemos reclamar, con toda la energía posible, que el Centro Histórico de Villa del Rosario sea tratado como el lugar sagrado que es.

Y no es sagrado solo para los cucuteños, sino para todos los colombianos, aunque en el ministerio de Cultura lo ignoren.

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