Se supone que los alcaldes comienzan a trabajar desde el momento de su posesión. Al fin y al cabo, los eligen porque tienen un programa de gobierno bien definido. Es decir, saben qué hacer desde el primer día. Así es en todo el país.
Menos en Cúcuta, donde después de un mes largo, ninguna actividad se aprecia por parte alguna. Salvo en la secretaría de Tránsito, donde se improvisó una modificación al sistema de pico y placa que nadie entendió y nadie acató. Y con nadie se consultó: por eso, el rechazo general.
Señalar a los medios como responsables del fracaso fue el único e infantil recurso de defensa que encontró a mano el atribulado y despistado secretario.
El año escolar comenzó mal: hasta ayer, los niños no tenían alimentación escolar y acudían a escuelas que siguen sin portero, sin aseador y sin vigilante. Y en las veredas, los pocos niños que asisten carecen de transporte. Al parecer, hay aún numerosas vacantes de maestros.
En materia de espacio público la inmovilidad de la administración es casi total. En los primeros días, inquieto ante las insistentes preguntas de periodistas independientes, el alcalde, César Rojas, afirmó que las calles estaban limpias de vendedores ilegales de gasolina de contrabando, porque así lo acordó con ellos.
Pero la realidad es que los pimpineros siguen ahí, dueños de sus sitios en las calles de toda la ciudad, convertidos en abierto desafío a la autoridad, a las leyes, a la seguridad y a la lógica.
El cáncer de las calles del centro de la ciudad, los vendedores informales, vergüenza expuesta, llaga putrefacta y pestilente, permanecen en sus lugares sin que nadie en la administración se atreva a nada diferente de acudir a fórmulas muchas veces fracasadas.
Los vendedores, pero especialmente sus muy poderosos patrocinadores y promotores, entre ellos comerciantes legales, no saben de acatar sugerencias ni de pactar acuerdos mínimos. Eso está largamente demostrado. Hay ocasiones, como esta, en las que los buenos consejos son solo buenos consejos, nada más.
En igual actitud están los dueños, porque eso son, de estacionamientos, talleres de mecánica, comedores populares, casetas de bebidas y ocupaciones ilegales de calles, puentes y parques: siguen donde siempre, con una sonrisa clara y permanente.
Hay actividad, en cambio, y mucha, en los centros de salud, donde las largas colas indican que, por lo menos en razón del zika, la situación es cada día peor. No estar preparados para enfrentar una epidemia como la actual es tremendamente grave, porque de seguir así, pensando en el virus que ya pasó y la bacteria que llega, la salud de los cucuteños puede convertirse en asunto de orden público.
Las esquinas son y serán, quién sabe hasta cuándo, lugares de peligro permanente, con semáforos que esta administración heredó de la pasada, para los que no parece haber solución pronta alguna.
La preocupación de la actual administración parece centrarse en cosas mucho menos prosaicas que la salud, la educación y el bienestar de las gentes: en la configuración de un esquema de poder absoluto, con creación de varias secretarías con las cuales satisfacer intereses muy privados, muy particulares. En ese afán de reorganizar, a costa de los impuestos, el interés es agrandar una burocracia intolerable.
