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Editorial
Seguridad, la clave
No basta destruir unas trochas que se recomponen en una noche, hay que desarrollar programas de permanencia constante en los tramos del río.
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Miércoles, 7 de Octubre de 2015

Una de las causas para que, mes y medio después de estallar la crisis de la frontera aún haya largas colas de autos ante todas las gasolineras es la falta de certeza en torno del futuro.

Y esa falta de certeza tiene que ver, necesaria y, en ciertos casos, casi que exclusivamente, con la seguridad y la garantía de parte del Estado de que por fin se superará ese ambiente de ilegalidad en el que vive Cúcuta desde hace mucho tiempo.

¿Cómo exigirles a los inversionistas que amplíen y renueven los equipos de las gasolineras, si en el de ellos, como en el ánimo de todos los cucuteños, existe la duda de si mañana todo volverá a ser como siempre, es decir, si los pimpineros serán los reyes de las calles, los mandamases de la movilidad, los que deciden si los cucuteños pueden o no utilizar sus autos o sus motocicletas…?

Y hay razones muy poderosas para la duda, razones que todo el mundo en la ciudad conoce, menos las autoridades: por varios sectores de la frontera local, es decir, en territorio de Cúcuta, concretamente por trochas del noroeste cercano está llegando a raudales gasolina de contrabando desde Venezuela.

Basta ir a cualquiera de los sitios de pimpineros para comprobarlo: no es necesario tener conocimiento de experto para saber que la gasolina que venden es extranjera: el color, y la palabra de los vendedores, son prueba suficiente para convencer a cualquiera. Si ahora, incluso, los vendedores ilegales han ampliado su ‘portafolio’ de productos: gasolina venezolana a 10 mil pesos y colombiana a 8 mil…

¿Cómo se abastecen? Solo hay dos maneras: de la venezolana, a través del río, de manera ilegal; de la nacional, en las gasolineras, a través de motociclistas que llenan el tanque de su aparato y revenden el combustible, o automovilistas, que no tienen nada más que hacer que revender lo que compran, aunque para ello pasen horas ante la gasolinera.

Sin embargo, la principal pregunta es más sencilla: ¿por qué la Policía nada hace para combatir a los contrabandistas, que cruzan el río a la vista de todos, con su carga de bidones y pimpinas? Que al otro lado sobornen a los soldados de Guardia Nacional Bolivariana (GNB) es parte del asunto, pero no nos compete.

En verdad, ¿qué hace la Policía Fiscal Aduanera (Polfa)? ¿Y qué la Dian?

Porque mientras estos y otros órganos de control permanecen en estado de pasividad, las mafias de la gasolina siguen actuando sin problemas, sin esforzarse demasiado. ¿Para qué, si nadie está encima de ellos?

No basta destruir unas trochas que se recomponen en una noche, hay que desarrollar programas de permanencia constante en los tramos del río por donde la costumbre indica que es más fácil el paso del contrabando.

Porque, aunque parezca mentira, también sigue llegando carne.

Así —en una ciudad de la que se ha dicho que lo mejor que puede haberle pasado es que le cierren la frontera—, no es mucho lo que se puede hacer para convencer a los inversionistas de que Cúcuta es una muy buena opción para su dinero y sus negocios.

¿Quién le respondería por su dinero a un propietario de gasolinera que, en un esfuerzo por colaborar con su ciudad, invirtió una alta suma para modernizar su negocio, si la competencia del pimpinero sin control lo va a llevar a la quiebra en menos de lo que reacciona? Nadie.

Se necesita seguridad en que habrá seguridad, es decir, certeza de que, en cualquier circunstancia, la autoridad estará persiguiendo al delincuente, primero, porque viola la ley penal; segundo, porque no paga impuestos, y tercero, porque acaba con el comercio legal.

Pero, quién ofrece esa garantía de seguridad?

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