¿Qué es lo que tiene atrincherados en sus casas a los vecinos de tres barrios de Cúcuta? Pregunta La Opinión en el titular de una noticia. Y si pensaron que esto ocurre por allá en sectores marginales de la ciudad, la respuesta es: no.
La situación está sucediendo en el valle de la capital nortesantandereana, en los barrios Blanco, El Rosal y Los Caobos, en donde las historias relatadas por los habitantes dan cuenta del deterioro absoluto de la seguridad ciudadana.
Poner cercas eléctricas, encerrar los balcones y levantar rejas es la única defensa que tienen a la mano, porque hay viviendas donde los robos son continuos puesto que los ladrones las ‘visitan’ constantemente.
Que hasta en los balcones no se pueda dejar nada porque allá, a ese espacio que se creería lejos de la acción delincuencial, es una confirmación más de que la seguridad de los cucuteños se encuentra complicada.
Sin exagerar, estaríamos asistiendo a una especie de ‘confinamiento urbano’ producto del ambiente de zozobra desatado por las organizaciones delincuenciales que han ido llevando a la gente, no ahora sino desde tiempo atrás, a enrejar sus casas por efecto de ese temor.
Quedaron muy bien las fotos del nuevo alcalde Jorge Acevedo con el director de la Policía Nacional y de la comandante de la Mecuc, convirtiéndose en un anhelo ciudadano que esto equivalga al inicio de una época propicia para poner contra la pared al hampa.
Ya la ciudad está sobrediagnosticada, hay muchas fórmulas, conceptos y opiniones, pero la ciudadanía cada día se siente más insegura porque tanto en la calle como en la casa corre grave riesgo su vida, libertad, honra y bienes.
En esta oportunidad, los cien primeros días de gobierno, que sirven de termómetro para evaluar lo que puede llegar a ser el mandato, en la capital de Norte de Santander lo recomendable es darle prioridad en ese lapso a un plan extraordinario de choque contra el delito en todas sus manifestaciones.
La recuperación y la aplicación de la autoridad en todos los rincones de la ciudad para que sus 711.715 habitantes se vuelvan a sentir tranquilos cuando vayan al trabajo, al estudio o se encuentren en el hogar es algo que no da más espera ni puede aplazarse o relegarse a un segundo plano.
Lo anterior porque no podemos seguir apareciendo entre las ciudades más violentas del mundo ni siendo escenario del accionar de temibles sicarios (hombres y mujeres), cada uno con hasta por lo menos 15 homicidios a cuestas, en una dolorosa concepción de que la vida no vale nada.
Ese cuadro del crimen desatado a la final degenera en otras complicaciones para la sociedad y el propio desarrollo socioeconómico de la ciudad, como es el desestímulo a la inversión a raíz de ese agreste ambiente para los negocios y, porque, el secuestro y la extorsión se han convertido de nuevo en un lastre para los empresarios de la región.
Aquí ya no valen más palabras. La gente espera acciones y resultados concretos, medibles y verificables dentro de una estrategia que reinstaure el imperio de la ley y en paralelo luche contra las desigualdades que son aprovechadas por las organizaciones del crimen para fortalecerse.