De ordinario, es el afectado el que la llama propaganda negra, porque para sus intereses es mejor que referirse a las cosas por su nombre: rabo de paja, cola pisada, antecedentes poco claros, amistades cuestionables.
Y estas cosas son las que los contrincantes sacan a relucir, por ejemplo, en una campaña electoral agitada, muy disputada y colmada de dimes y diretes, tal como ocurre con la actual por la Alcaldía de Cúcuta.
Casi siempre, un candidato se queja de que sus rivales no saben de lealtad profesional, porque le recuerdan, por todos los medios que se les ocurren, algunos detalles que él prefiere mantener en reserva. Por pudor o por lo que sea.
Y, al quejarse, el candidato deslegitima el trabajo proselitista de los otros y les pone encima la etiqueta de la propaganda negra.
Y con ello, considera que deja bajo siete llaves o su pasado o sus intereses particulares o sus alianzas poco claras o sus amigos cuestionables y cuestionados.
Desde luego, está el candidato en todo su derecho de no decirle pan al pan ni vino al vino, y en el de pretender llamar en torno suyo la atención de la opinión pública, pero no en el de abusar contra un tendero de barrio al que le encargaron hacer unas fotocopias de la carátula de una revista.
Le queda mejor el camino correcto: poner el caso en conocimiento del juez correspondiente y dejarlo actuar en libertad.
La más reciente campaña presidencial colombiana se caracterizó, precisa y casi que exclusivamente, por formular acusaciones de todo calibre y desde todos los partidos hacia todos los demás.
Se dijeron cosas que, normalmente, nunca hubieran trascendido, pero que en una campaña política pueden llegar a ser verdaderas cargas de profundidad para los candidatos que las tenían guardadas.
Incluso, en la cárcel hay personas que en desarrollo de actividades ilegales como el espionaje electrónico y la usurpación de cuentas en las redes sociales se dieron a la tarea de atentar contra el propio Estado con tal de satisfacer intereses de los candidatos que las contrataron.
El candidato se siente ofendido no tanto porque le saquen al sol los trapos mejor guardados, sino porque sabe que son suyos y no tiene manera de seguir con ellos escondidos en los baúles del sanalejo privado, íntimo y ahora al descubierto.
En Cúcuta también se descubren guardados, también se cuestionan ciertas relaciones, también se echa mano del recurso poco elegante de arrimarle fuego a un rabo de paja que se pasea por la calle de la política, como si nada.
¿Es repudiable o no que una campaña le cuestione a otra las amistades de su candidato, por ejemplo, o alerte sobre dineros no bien explicados?
Una campaña electoral es como una guerra que todos aspiran a ganar, y en busca de ese objetivo se dispara a lo que se mueva, y mientras más voluminoso sea el blanco, más tiros le harán.
Que no se debería actuar así, tal vez. Pero es la costumbre de toda la vida.
Quizás, si un candidato actuara con toda transparencia, se distanciara de sus amigos que le pudieran hacer pasar vergüenzas, filtrara centavo por centavo todos los pesos de apoyo que recibiera, hiciera claridad total en torno de cada una de sus alianzas, nadie tendría nada que reprocharle y sus rivales políticos nunca se meterían con él más allá del ámbito de los discursos y las ideas.
Significa esto que mientras haya motivos para ella, la propaganda negra estará presente en las campañas políticas, porque como bien se dijo en Roma, en materia de honradez, la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo.
Y esto vale para todos los candidatos políticos: no solo deben ser limpios, rectos, honrados, sino parecerlo.
