El área metropolitana de Cúcuta y Colombia conocieron datos estadísticos relacionados con empleo e informalidad dados a conocer por el DANE y cifras de la OCDE, que tienen que ver la pobreza y el lastre que deben de llevar varias generaciones para salir de ella.
En el caso cucuteño, se trata de un reporte que no debe llevarnos a bajar los brazos ni a alegrarnos en exceso porque se tuvieron ciertos movimientos que muestran un mejoramiento.
La ciudad, en la última medición se sitúa en el octavo lugar de los niveles de desocupación alejándose de los primeros sitios que durante un buen tiempo ocupó en Colombia.
De lógica que esta es una buena noticia para la ciudad y se nota la alegría porque hay un sensible disminución en este complicado problema que ha estado ahí ligado a la crisis de la ciudad, desde mucho antes de que llegara la pandemia.
En esta ocasión, la capital de Norte de Santander registró un indicador del 14,5% en la tasa de desocupación, mientras que por ejemplo Quibdó fue primero con 21,1%.
Pero aquí viene un aspecto sobre el cual es necesario insistir como lo plantean los expertos y es el de cambiar el modelo económico que tiene la ciudad, que implique la generación de mano de obra con todos los beneficios de ley, en forma masiva, que lleve a reducir el indicador de desempleo a un dígito y de ahí empezarlo a llevarlo a una drástica baja.
La industrialización es considerada como la real creadora de empleos de calidad y de mayor movimiento de recursos económicos en una región como la nuestra, razón por la cual es indispensable que el gobierno, los gremios y la academia persistan en que esta capital fronteriza le apueste más a la producción con valor agregado y no dependa en su totalidad de la actividad comercial.
Buscando esa transformación es que se podría cantar victoria con reales disminuciones en la informalidad laboral en la que siempre se ha llevado el primer lugar, aunque ahora se pasó al segundo puesto, pero con niveles todavía de la mayor preocupación y que hacen necesaria la industrialización.
Y mientras que se conocía este reporte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de la cual hace parte el país, reveló el que se podría llamar sin temor a equivocarnos, como demoledor informe en materia de desigualdad y pobreza.
La gravedad de todo se centra en que la pobreza se hereda en Colombia durante 11 generaciones, es decir, que se queda prácticamente condenado a padecer dificultades de índole educativa, económica, alimenticia, de salud y de nulas oportunidades para su desarrollo.
“En el promedio de la OCDE, en el camino para una persona que nace en el 10 % inferior de la distribución de ingresos, hasta llegar al ingreso medio de la distribución de la sociedad es de una a cuatro generaciones, pero en Colombia son más de 11 generaciones”, de acuerdo con dicho análisis.
Sería bueno que en Norte de Santander se tomara dicho análisis para aplicarlo aquí en los 40 municipios y hacer un mapeo real de la pobreza extrema, la miseria y la desigualdad y hacer esa línea de tiempo, con el fin de determinar aquí como estamos en esa heredad de la pobreza.
Teniendo claros elementos de juicio como ese que fuera elaborado por la OCDE resulta más fácil diseñar las políticas públicas a corto mediano y largo plazo para frenar los altos niveles de pobreza, desigualdad de ingresos e informalidad laboral.
