Cada vez son menos en el resto del mundo, porque en América Latina, los pobres parecen estar de regreso, y en países como el nuestro, si no se hace algo, los más pobres serán los más viejos.
Según el más reciente estudio del Banco Mundial sobre pobreza extrema, el mundo entero debe sentir algo de satisfacción, porque logró reducir la franja de los más pobres, a menos del 10 por ciento de la población. Hace tres años, la cifra era de 13 por ciento, y en 1999 era de 29 por ciento.
No significa que ahora todos somos ricos, solo que la gran mayoría de los habitantes de la tierra lograron, gracias a los programas de los gobiernos, dejar atrás el enorme patio de los más pobres y vulnerables.
Ese 10 por ciento indica que sobre el planeta aún existen 700 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios, muchos de ellos en nuestro vecindario. Esto muestra un mundo que avanza, que mejora, aunque lentamente.
Pero, en el caso de América Latina, el reconocimiento viene acompañado de una advertencia muy seria: según el Fondo Monetario Internacional (FMI), a la próxima asamblea general, el subcontinente llegará en una situación vulnerable delicada: desaceleración económica, inflación creciente y devaluación creciente, y con el riesgo de volver a la situación de pobreza a una clase media vulnerable…”
Los más pobres están, por cierto, en las mismas zonas donde han estado siempre las masas más grandes de pobres: África, Asia, Oceanía y América Latina.
En nuestra región, hay factores que, sin necesidad de hacer estudios muy profundos, una de las principales causas de la pobreza absoluta salta a la vista: el negro mar de la corrupción que todo lo irriga y todo lo contamina.
Y es fácil deducirlo; basta con mirar el escalafón mundial de la corrupción, para ver cómo entre los 10 países más corruptos de la tierra figuran, en orden de más a menos entre 175 naciones, Venezuela (ocupa el sitio 10), Haití, Paraguay, Honduras, Guyana, Guatemala, República Dominicana, Ecuador, Argentina, México y Bolivia.
Con la excepción de Venezuela, Haití, Paraguay, Nicaragua, Honduras y Guyana son los países más pobres del Continente. Y, como se pudo apreciar en el listado, son al mismo tiempo los países más corruptos.
En el caso de Venezuela, gracias a los enormes recursos naturales que le dio la naturaleza, su población aún permanece en los niveles medios donde se le ha conocido por décadas, pero si el fenómeno corrupto continúa, probablemente ese estado de bienestar relativo decreciente pueda acentuarse y llevar a la miseria a grandes masas de su población.
En Colombia, los esfuerzos del gobierno han fructificado. Hace poco, el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, subrayó que “ningún otro país grande de América Latina ha bajado tanto el índice (de pobreza extrema) como Colombia desde 2010 hasta hoy”.
Esto, para un país en guerra, es notable, y lleva a pensar en torno de las posibilidades colombianas cuando esa guerra termine y las montañas de dinero y de otros recursos que consume se puedan destinar a redimir las grandes masas de gente muy pobre que aún nos quedan.
Y todavía más: ¿dónde podría estar este país si además de la guerra se le quitan los grandes índices de corrupción que lo privan de tanto dinero robado como nadie imagina? Sin duda, en posiciones de liderazgo en el continente.
Hay que combatir la corrupción por todos los medios, claro. Pero, ante todo, se debe poner el énfasis de todos en la guerra contra la pobreza extrema, verdadero lastre del ritmo de desarrollo que nos merecemos.
