Desde hace un buen tiempo, con todos los ires y venires que ha tenido el proceso de paz que adelantan el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc en La Habana, muchos se preguntan qué tan real va a ser la paz, si el fin del conflicto llega a pactarse.
Muchas voces, de detractores y partidarios del proceso se han oído en este sentido, pero pocos datos confiables se habían conocido sobre la forma en que, en algunas regiones, se están reorganizando las fuerzas armadas ilegales.
Norte de Santander, con su complejísima dinámica del Catatumbo, en donde convergen todos los grupos armados ilegales -Farc, Eln, Epl-, las bandas criminales, cultivos de coca, rutas para sacarla por Venezuela hacia Europa y África, y la ausencia de Estado y de institucionalidad, se tiene como uno de los departamentos en los que la transición del postconflicto va a ser lenta y difícil.
Informes de inteligencia conocidos y publicados por este diario han revelado una realidad preocupante, que apunta a que realmente, la eventual desmovilización de las Farc en el departamento no implicará el fin de la violencia guerrillera, ni mucho menos la reducción de los cultivos de coca, así como tampoco el inicio de una transformación en acceso a derechos y calidad de vida para sus comunidades.
Lo que indican estos informes es que, al menos unos 100 hombres que responden a la Compañía de Milicias Resistencia del Catatumbo de las Farc, no van a entregar sus armas y no van a reconocer los acuerdos que se firmen en La Habana.
Estos hombres, según los analistas, hacen parte de una especie de disidencias, en las que guerrilleros pertenecientes a las Farc pasarán a engrosar las filas del Eln o de otros grupos, desde los cuales seguirán delinquiendo .
A esto se suma un agravante, y es que las autoridades ya han detectado que ante la muerte de Megateo, quien controlaba el negocio del narcotráfico en El Catatumbo, el Eln ha pasado a apersonarse de este negocio, aunque en una menor escala, pues si bien la producción de coca no ha disminuido, sí lo ha hecho su comercialización, ante la imposibilidad del Epl de sostener negocios con narcos del exterior.
A todo esto se añade la posibilidad de que Sardinata se establezca como una de las zonas de concentración de las Farc, recientemente aprobadas en la moficación de la Ley de Orden Público, a donde llegarán a ubicarse grupos de desmovilizados de esta guerrilla; este será su escenario para hacer la transición de la vida guerrillera a la civil.
De ser cierto, la concentración de desmovilizados en una zona en la que al tiempo se está gestando una reorganización de varios grupos en un solo ‘megafrente’ que retome el control armado de la zona una vez las Farc despejen el control que mantiene en el Catatumbo, no sería una estrategia positiva para el proceso de reintegración de estos desmovilizados.
Será como ponerle a alguien que está en proceso de recuperación de una adicción, la droga al alcance de su mano.
¿Cómo reaccionarán estos frentes una vez concentrados, al ver que están cediendo el control de sus antiguos terrenos a otros grupos insurgentes?
Como ya empiezan a indicar los expertos, muchos militantes de los frentes de las Farc que se dedican al negocio del narcotráfico no dejarán un negocio tan lucrativo, sino que seguirán en su actividad, bajo el nombre de otras organizaciones.
El gran reto de la paz está justamente en la capacidad del Estado de ocupar con institucionalidad los espacios que van a dejar libres las Farc una vez se firme la paz y se desmovilicen. Pero la tarea en el Catatumbo no parece fácil, pues la presencia de otros actores se constituye en una barrera para estos fines.
La tarea que tiene el gobierno es inmensa, pero es claro que se debe evitar, a toda costa, repetir el fenómeno que se dio con las Auc, y evitar también que la paz que se firme en La Habana, sea una paz ficticia, una paz solo en el papel.
