Ya no solo tenemos fama de violentos y de traficar con drogas, ahora ya estamos en la lista de países sin seguridad alguna, por donde pasa el que se lo proponga, sin que nada le ocurra.
Somos parte fundamental de otro negocio criminal, de uno transnacional que puede traer quebraderos de cabeza si no se le enfrenta con la dureza que se necesita. Somos un paso imprescindible para redes de traficantes de personas con destino a Estados Unidos y Europa.
Para decirlo más claro, somos el punto de una compleja ruta de viaje que puede ser aprovechada por terroristas para adentrarse en los países a los cuales pretenden hacer daño.
La tendencia de utilizar a Colombia como paso obligado de migrantes no es nueva: comenzó en los años 70 con oleadas de argentinos, chilenos y uruguayos que viajaban por tierra en busca de tranquilidad.
Entraban por el sur, y seguían en busca de Cali, Medellín y Bogotá, como escalas para continuar hacia el norte. En Colombia se quedaban unos pocos; los demás seguían hacia Venezuela, que no ejercía controles, o hacia Urabá, donde desde entonces es muy fácil conseguir transporte marítimo hacia Centroamérica.
No había redes de traficantes y las gentes ayudaban a esos extranjeros a ir en busca de su destino.
Hoy, la realidad es diferente: poderosas mafias clandestinas son capaces, por un buen dinero, de transportar a una persona desde Pakistán o Nepal o Sri Lanka hasta la frontera de México y Estados Unidos, o más allá. El dinero es el factor que impulsa a los traficantes.
El hecho es que desde hace unos cinco años, orientales de diversos países se aventuran en un viaje que les lleva meses, desde su casa hasta México, donde otras mafias se encargan de pasarlos clandestinamente, pasando por Colombia, en ruta desde Ecuador.
Hay mafias especializadas en nepaleses, en indonesios, en cubanos y en suramericanos. Pero, en general, todas utilizan las mismas rutas y, a veces, un pueblo se hace inevitable. Son los casos de Ipiales, Cartago, Turbo y Sapzurro, donde las redes tienen contactos especializados.
Para quienes buscan a Estados Unidos, el punto clave es Sapzurro, en Chocó, desde donde, en caminata de 10 minutos, máximo, llegan a La Miel, en Panamá, y luego la red se encarga de todo hasta México.
En La Miel no hay autoridad; en Sapzurro, donde termina Suramérica, tampoco, pese a que por esos dos lugares cruzan un promedio de 10 extranjeros de diversas nacionalidades a los que las mafias explotan y amenazan.
El tema de Colombia como punto obligado de cruce de migrantes se puso de moda estos días, con el episodio de Al Salkhadi Seham, una siria que sobornó con 4 millones de pesos a miembros de Migración Colombia para hacer tránsito con un pasaporte falso a nombre de Baruch Krieger. Al parecer, es miembro de las redes que aterrorizaron a París.
Lo sea o no, el hecho es que Colombia está en boca de todo el mundo como paso fácil de cualquiera, incluso de terroristas, o de cubanos que llegan a Ecuador y siguen hacia Estados Unidos vía Ipiales-Bogotá-Costa Rica, en una migración que hoy tiene en estado de alerta a todos los países del área.
De 48 cubanos que llegaron de paso a Costa Rica en 2011, se pasó a 14 mil este año, y de 17.459 que pasaron a Estados Unidos por tierra desde México en el año fiscal 2013-2014, se pasó a 30.966 en 2014-2015. Y casi todos han pasado por Colombia, rumbo a la frontera entre Panamá y Costa Rica.
Ya no solo tenemos fama de violentos y de traficar con drogas, ahora ya estamos en la lista de países sin seguridad alguna, por donde pasa el que se lo proponga, sin que nada le ocurra.
En ese sentido, no sería improbable que en Colombia haya terroristas de cualquier origen, esperando solo una pequeña oportunidad para llegar hasta su objetivo. Nada tranquilizadora la situación...
