Es este un país tan diferente que por momentos genera extrañeza, desazón, intranquilidad de tanta tranquilidad. Así se producto de decisiones en suspenso, la calma de estos días en Colombia es un fenómeno desconocido para la mayoría de los habitantes, en especial de las zonas rurales donde la guerra ha golpeado duro.
Y esa tranquilidad, esa ausencia de acciones violentas, sin duda que vale la pena vivirla, disfrutarla, saborearla despacio, para irnos acostumbrando a lo que vendrá, o, en el peor de los casos, para saber que se debe hacer todo lo que sea en busca de darles desarrollo y larga vida a los acuerdos de La Habana.
En ese ambiente de sosiego se cumple la campaña electoral, una de las más tranquilas en decenios, con algunos episodios de violencia aislados, bastante lejos de la realidad de otras épocas de violencia permanente, sistemática, recíproca entre sectores políticos o sociales, entre el Estado y guerrilleros o paramilitares.
Un estudio de la Misión de Observación Electoral (MOE) indica que a pesar de ocho candidatos asesinados y de 53 denuncias por amenazas contra aspirantes a gobernaciones, alcaldías y concejos, se trata de cifras irrelevantes comparadas con los 103 mil candidatos que hay en todo el país.
Las irrelevantes son las cifras, no las amenazas, que siempre son motivo de preocupación y son señales de violencia que no se pueden pasar por alto. Pero, no hay duda alguna de que el desescalamiento de la guerra es razón de mucho peso en la realidad pacífica que se vive en tiempos de campaña, la primera en la historia con los tambores de guerra silenciados.
De todos modos, en Tolima, donde se registra la cifra más alta de amenazas, estas no tienen origen en razones políticas, según las autoridades, lo cual genera aún más confianza en que es posible el debate antes que cualquier otro mecanismo para dirimir diferencias.
No está Colombia en un momento ideal de su historia, por cuanto el proceso de poner fin a la guerra es apenas una probabilidad, cada día más cercana, sí, pero todavía lejos de ser una realidad permanente. Pero podemos llegar a esa situación deseada por todos en la que la guerra sea cosa de un pasado que nadie quiere que regrese.
Pero no se puede ocultar que el ambiente general del país es de tranquilidad y de cierto optimismo acerca del futuro cercano, lo cual, en la dinámica social, es un factor de estabilidad y de confianza en que la situación es bastante parecida a como debe ser un país en paz, algo que no se ha vivido en Colombia en al menos un siglo.
Porque, mucho antes de la guerra desatada por organizaciones guerrilleras marxistas, a comienzos del siglo pasado hubo etapas de gran violencia partidista, generada incluso desde gobiernos hegemónicos, que sembraron la semilla de un descontento generalizado que ya no se pudo contener y que derivó en violencia descontrolada.
En Norte de Santander, donde confluyen todos los factores de la guerra y de la violencia, la tranquilidad durante estas semanas ha sido ejemplar. Ni uno solo de los episodios detallados por la MOE ha ocurrido en nuestro departamento, y es de esperar que no ocurra nada parecido.
Por ahora, algo que debe interesar a todos, es comprobar que la paz es un estado necesario, ideal, una utopía por la que se debe luchar, a pesar de que habrá siempre factores que la deslegitimen.
Nadie sensato puede negar que estas últimas semanas han sido diferentes. Tampoco, nadie puede asegurar que vivir así no es mejor que en guerra.
