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Editorial
Matar para callar
Los periodistas corren más riesgos cuando tocan con sus informaciones a políticos corruptos que a narcotraficantes.
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Jueves, 3 de Diciembre de 2015

Las conclusiones no son nuevas, pero hay que tenerlas siempre presentes: en Colombia, a los periodistas no los matan las palabras que escriben o dicen, y que no les gustan a los corruptos, a los narcotraficantes y a los grupos armados, sino, precisamente, estas personas son quienes lo hacen.

El más reciente informe del Centro de Memoria Histórica ‘La palabra y el silencio’ reitera que son la corrupción política, el narcotráfico y las organizaciones ilegales armadas las responsables, mayoritariamente, de matar a 152 periodistas en los últimos 37 años.

De la lista, 30 asesinatos están relacionados con la corrupción política, 27 con el narcotráfico, 23 con las guerrillas y 22 con el paramilitarismo. A la fuerza pública se le atribuyen tres de esos crímenes, mientras de los restantes no hay conocimiento preciso de los autores.

En ese orden, precisamente, lo que tiene significado especial: en Colombia, los periodistas corren más riesgos cuando tocan con sus informaciones a políticos corruptos que a tenebrosos narcotraficantes o guerrilleros y paramilitares.

El problema para los periodistas es que no pueden ignorar el principal y el más sentido fenómeno social del país: la corrupción política a todo nivel y en todo el territorio. Hay corrupción en todos los niveles del poder, es no es secreto.

El problema para los corruptos y para los narcotraficantes y otros agentes violentos es que los periodistas no darán un paso atrás en su obligación esencial de denunciar a unos y otros, sin miramientos, con temor, sí, porque es de seres humanos sentirlo, pero con determinación.

La investigación, sobre casos desde 1977, concluye en que los asesinatos de periodistas, relacionados en su mayoría con la guerra, han tenido un objetivo: “acallar, amedrentar, aleccionar, desaparecer, presionar, silenciar”.

Si asesinar periodistas trajera como consecuencia el silencio inmediato y definitivo de los medios sobre hechos denunciados, hubieran sido suficientes los primeros colegas muertos, para que los demás guardaran silencio sobre cualquier asunto susceptible de entrañar riesgo para la seguridad personal.

Pero, no ha sido así. Al contrario, informativos que no habían tocado esos temas de riesgo, y periodistas, los hicieron suyos de manera definitiva.

La prueba es que durante 38 años han caído periodistas, lo que significa que, a pesar del temor, de las amenazas, de los mensajes, durante esos años han procurado desentrañas los secretos de la corrupción política, del narcotráfico, del paramilitarismo. Y seguirá ocurriendo…

La lucha de los periodistas en defensa de los intereses de la comunidad, de ordinario choca con los intereses particulares que medran en el poder político, pero es más radical la reacción de los menos poderosos, es decir, del poder local, que la de los poderosos de los niveles más altos.

Allí, parece que las cosas se solucionan de otra manera.

Por eso, la lista de 152 periodistas asesinados incluye una gran mayoría, 122, pertenecientes a pequeños medios de prensa y radio de poblaciones de las regiones de la llamada provincia. Y es explicable, son los eslabones más débiles de la cadena de información, y los que están precisamente más expuestos ante la corrupción más implacable.

El periodista es una persona frágil, que se apoya solo en sus instrumentos de trabajo, en su ejercicio profesional y en sus fuentes, y por eso es presa fácil de los criminales enviados por los poderosos. Pero, la realidad ha demostrado que con esas pocas herramientas, el periodismo colombiano ha logrado neutralizar la acción criminal de muchas personas.

Esos muertos son la cuota periodística en una guerra que debe terminar cuanto antes, es parte del sacrificio que ha hecho el país, es el aporte desde los periódicos y las estaciones a la lucha contra el delito y a la búsqueda de la convivencia. A los periodistas no hay que dejarlos solos en ese apostolado.

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