Si, al decir de Carl von Clausewitz, “la guerra es la política continuada por otros medios”, no hay dudas de que en Colombia la segunda está derrotando a la primera, a pasos muy rápidos y seguros. Por fortuna.
Los alcances logrados en el proceso de paz de La Habana con las Farc, por un lado, y la muerte de Pijarvey y de Megateo, dos protagonistas de la guerra que pretendemos erradicar, marcan el giro de tuerca que Colombia está necesitando.
Aunque admitimos que todavía es algo prematuro afirmarlo, creemos que de vez en cuando es bueno pecar de optimistas y afirmar, en consecuencia, que este es ahora un país en paz o, al menos, que ya no está en guerra (salvo, claro, lo relativo al ELN, que ojalá pronto se pliegue a la tendencia antibelicista).
Al fin y al cabo, los diálogos entre gobierno y Farc han llegado a un nivel de acuerdo tal, que prácticamente se considera que el fin de la guerra es ya un hecho irreversible, aunque la política de siempre, la de los medios tradicionales, se resista a aceptarlo y, a veces, trate de torpedearlo.
En los casos de Pijarvey y de Megateo, ambos apelaron a la política como justificación de un discurso ideológico que les llegó por accidente, pero, también, como requisito en caso de que el Estado decidiera cometer de nuevo los errores de la negociación con los paramilitares, de la que sacó provecho la delincuencia y, en cierto modo, se benefició el clima de guerra.
Ambos, desde rincones opuestos, utilizaban el narcotráfico como factor y arma de guerra, y la política como razón que justificaba muchas de sus acciones; pero ambos cayeron en su ley, en operaciones policiales y militares muy exitosas que le dan al gobierno peso suficiente para sentirse tranquilo respecto de la paz.
Que en la política la situación sea cada vez más complicada y plagada de obstáculos no implica que no haya soluciones a, por ejemplo, las posiciones tan radicalmente opuestas como las que hay entre el gobierno y el sector partidista que lidera el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Cuando los acuerdos de paz sean un hecho concreto e inmodificable, la política —o los políticos— quedará sin argumentos para para defender y optar por la guerra, para hacer creer que la violencia solamente se podrá liquidar si se intensifica la vía armada.
Violencia para eliminar violencia no parece un camino lógico, pero es el que se ha intentado durante largos años, con resultados contrarios, pues una de las consecuencias es la exacerbación de la guerra y del radicalismo extremo.
Esta posición, defendida desde altos niveles del poder, ha sido causa de que la política haya derivado hacia el consecuente camino de la guerra. Ojalá, en esta oportunidad, la política sea la única manera de cesar en la guerra y de mantener y defender los logros de los acuerdos.
Con la muerte de los dos delincuentes, el narcotráfico sufre un revés muy grande cuyas consecuencias quizás no se hayan calculado a cabalidad. Pero, con la desactivación de toda la estructura narcotraficante de las Farc, es probable que el mapa mundial de la droga cambie de manera drástica: tres organizaciones menos en el mercado son una parte muy importante de la actividad.
Es un momento para hacer votos en busca de que la política sea la vía de solución de los problemas sociales que aún persisten. Las Farc, ahora, pero antes otras organizaciones guerrilleras, llegaron a la conclusión de que la vía armada se agotó hace rato, que la guerra carece de sentido, y que el debate limpio y sin violencia es el presente y el futuro de Colombia. Más política y menos guerra, aunque la una conduzca a la otra.
