El Puesto de Mando Unificado (PMU), como se llama el núcleo coordinador de todas las instituciones del Estado que brindan apoyo a los deportados y a los repatriados desde Venezuela, ha procurado hacer las cosas lo mejor que se puede.
Al menos se han canalizado todos los recursos por y hacia donde deben ir, y eso, en un país caótico y despelotado en materia de respuesta a las emergencias, como Colombia, es un logro mayor, aunque, obviamente, susceptible de mejorar.
A los recién llegados no les ha faltado nada de lo que se le puede ofrecer a alguien en apuros: cama, comida, bebida, medicina, apoyo sicológico, educación, documentos, transporte, comunicaciones, dinero en efectivo, subsidios, empleo…
Ninguno de los colombianos (y venezolanos) que han pasado por albergues que se acondicionaron en cuestión de horas, puede tener quejas más allá de las que surgen como consecuencia de un drástico cambio en el modo de vida. No es lo mismo la tranquilidad del hogar que el bullicio de un albergue multitudinario.
Todos están tan cómodos y bien atendidos, que da la impresión de que, en el fondo, no piensan en la posibilidad de ir en busca de su futuro. Hay centenares de empleos esperando por ellos, pero siguen vacantes. Es como si a quienes están en los refugios el Estado les hubiera garantizado su apoyo interminable, recursos indefinidos. Es lo que parece.
Y es lo que la opinión pública cree, en especial porque hasta ahora nadie, ni en el PMU ni en dependencia alguna del gobierno han dicho, concretamente, cuándo cerrarán el albergue de Interferias. Para los reporteros de Cúcuta es casi un tabú preguntar por una fecha, porque todas las respuestas son una lección sobre cómo evadir una declaración comprometedora.
Y no es que los cucuteños estemos en contra del apoyo integral brindado a los colombianos que dejaron Venezuela. No, en verdad, aunque si nos aguijonean ciertas inquietudes y dudas.
Para saber a qué atenernos, necesitamos saber qué ocurrirá el día en que el Estado cierre el albergue, y las 869 personas que estaban ayer estén aún allí, sin saber qué camino tomar.
¿Quedarán en la calle, como indigentes, obligadas, tal vez, a tomarse a la fuerza algunas propiedades para construir tugurios y quedarse para siempre, de manera irregular, desempleadas, mendicantes, sin nada de lo que han recibido hasta ahora?
Porque así como no es obligatorio para ellas aceptar empleo, tampoco lo es para el Estado mantenerlas allí de manera indefinida, lo que significa que algún día todo la PMU levantará todo y se irá. Y esto podría significar que además de los problemas que la agobian, Cúcuta tenga que sumar otro, con gente que no es de acá, generando inconvenientes de toda clase.
Ninguna ciudad como esta ha dado tantas muestras de generosidad con el que llega; la historia está llena de historias en ese sentido. Pero tiene que haber un día en que Cúcuta diga ya no más. Y ese día puede no estar muy lejano.
Según los cristianos, hay que ser caritativos, y Cúcuta lo ha sido en exceso, pero también según ellos, la caridad empieza por casa. Y creemos que ahora es el momento de pensar en nosotros y nuestras soluciones.
Y 800 o más forasteros sin empleo ni vivienda ni salud ni comida no son, precisamente, una de nuestras prioridades, y lo lamentamos, si con esto estamos frustrando sueños y esperanzas construidos bajo el techo de una carpa de socorro.
Así que, esperamos poder conocer como es el cronograma que se tiene en el PMU, pues entendemos perfectamente que esto de los albergues no puede funcionar indefinidamenten y así las autoridades municipales y departamentales de esa forma puedan ir elaborando un plan sobre qué hacer cuando esto suceda.
