Pasados los momentos de alegría y jolgorio de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo nos toca volver a la dura realidad cotidiana reiterando los deseos y propósitos porque en el 2016 logremos superar algunas de nuestras dificultades.
Que son problemas que vienen de muchos años atrás, que han sido suficientemente estudiados y sobrediagnosticados, pero que en vez de irlos resolviendo se nos han crecido y complicado con todos los efectos perturbadores que eso conlleva.
Es grande y nada fácil la tarea que tienen por delante las nuevas autoridades que asumieron los destinos de la ciudad el pasado viernes.
En los últimos ocho años no fuimos capaces de superar, ni siquiera paliar en forma mínima, problemas como la invasión del espacio público y la proliferación de las ventas ambulantes, el deterioro de la red de semáforos y la precaria infraestructura en salud, educación y vías.
El desempleo y la informalidad permanecen sin modificación y la situación originada por nuestros vecinos no tiene, por el momento, visos de cambiar o mejorar, lo que es otro factor más de preocupación e incertidumbre.
Las medidas tomadas por el gobierno a raíz del cierre de la frontera en agosto pasado fueron pañitos de agua tibia y seguimos a la espera de soluciones estructurales, sobre las cuales mucho se ha escrito y pedido al Gobierno Nacional.
Sin embargo, hay que reconocer los esfuerzos y la tarea del gobierno central para hacer realidad obras importantes en materia de vivienda e infraestructura vial como las que se vienen ejecutando en los últimos meses en Cúcuta y Norte de Santander.
En Cúcuta, en materia de transporte y movilidad parece que nos hubiéramos detenido en el tiempo, mientras otras ciudades comienzan a tomarnos ventaja con ambiciosos proyectos viales y de infraestructura, en los que se comprometen no solo millonarios recursos del Estado sino de la empresa privada.
La grave situación económica, social y humanitaria que hoy vive la capital nortesantandereana es la suma de las gestiones desastrosas y de los desatinos de quienes han tenido en sus manos la conducción de la ciudad, en particular de sus entidades públicas.
También tenemos que admitir con dolor que la ciudad no tiene dirigentes ni líderes de respeto y prestigio como sí lo tienen y lo demuestran otras capitales.
Y lo más preocupante es que tampoco nos hemos puestos en la tarea de preparar o formar a los nuevos liderazgos que tanto se necesitan, particularmente en lo público.
La comunidad también tiene su cuota de responsabilidad en esta situación de crisis en que nos encontramos.
No aprendemos la lección y seguimos obteniendo más frustraciones que buenos resultados después de cada elección.
Ojalá aprovechemos estos primeros días del nuevo año para reflexionar sobre el presente y futuro de Cúcuta.
No podemos soportar más frustraciones e incertidumbres.
