Eso de que no hay mal que por bien no venga, que muchos recitamos sin detenernos a tratar de establecer su significado cabal, es una verdad inmensa, al menos en lo que tiene que ver con el cierre de la frontera binacional por decisión del presidente Nicolás Maduro.
La pretensión inicial de cerrar el paso fue, sin duda alguna, reconquistar un cierto poder de control sobre Colombia, perdido en muchos escenarios, por la razón simple de que había que apagar los numerosos incendios internos, y esos menesteres copan tiempo de ordinario destinado a las relaciones internacionales.
Las razones del cierre: criminalidad, desabastecimiento, corrupción, fueron solo el pretexto a mano para justificar una decisión que buscaba definitivamente ajustarle las cuentas a Colombia por la manera como se comporta en todo lo que se refiere a las relaciones con el gobierno de la revolución socialista y bolivariana: tomando más distancia de la esperada, o al menos de la debida...
Pero, esos pretextos, desde luego que son válidos para una medida como la que tomó Maduro. Nadie, ni siquiera alguien decididamente contrario al cierre, se puede equivocar: en la frontera coexisten los más altos niveles de criminalidad con una tolerancia generalizada que no tiene comparación con zonas como la nuestra.
En ese sentido, solo cuatro meses después, Maduro acepta que el fenómeno delictivo y de corrupción no es exclusivo de Colombia, sino que los mil demonios de los que habló durante su rendición de cuentas ante la Asamblea General (AN) de su país también viven del lado venezolano.
Conviven, dijo, “mafias paramilitares de la derecha colombiana con mafias paramilitares de la frontera venezolana”. Hasta él se dio cuenta de esa realidad. Y aunque no explicó si los paramilitares de allá son derecha o de izquierda, no hay que hilar muy delgado para establecer que lo calló para no comprometer aún más a su corrupta Guardia Nacional Bolivariana (GNB), comprometida hasta el fondo en todo lo que tiene que ver con el delito y la corrupción a lo largo de la línea.
A Colombia, el cierre le ha servido de pretexto para que Norte de Santander comience a hacer conciencia sobre el enorme potencial de sus gentes y todas las posibilidades que tienen enfrente, en cuanto al pleno desarrollo humano, social, industrial y económico, sin depender para nada de lo que hay del otro lado de la larga frontera.
Sin embargo, en decisión que generó aún mayor malestar y disgusto tanto con él como con su gobierno, Maduro prolongó el cierre de manera indefinida y lo apuntaló con nuevas medidas de control militar y de emergencia económica. Y, así, realmente prolonga un favor más hacia Colombia.
¿Quién en Colombia quiere la frontera abierta, sino aquellas personas que, por alguna razón, hacen depender su subsistencia de una actividad ilegal, como el bachaqueo, el pimpineo y otras iniciativas comerciales derivadas de la laxitud en el control por parte de los dos gobiernos. Porque si unas cosas vienen, otras van por las trochas y otras rutas del contrabando y la ilegalidad.
Ya los nortesantandereanos, en especial los cucuteños, hicimos conciencia de que con nuestra iniciativa y nuestro emprendimiento fuimos capaces de darle vida a una Nación en Villa del Rosario. No hay razón alguna que permita pensar en que nos quede grande el compromiso industrial o el comercial o el que sea, sin que estemos mirando más allá de la raya que nos separa y que nos une.
En realidad, con el cierre, Maduro nos está haciendo favores inesperados, a pesar de que hay quienes consideran que en verdad pretende hacernos un mal. Esa fue la intención, otro fue el resultado, por fortuna.
Por eso, quizás este sea un día oportuno para, en cierto modo, agradecerle el favor recibido, pues, si lo miramos de manera desapasionada, es otra vez cierto el decir que no hay mal que por bien no venga.
