Claro que sí, procurador: quienes quieren sacarlo tienen razones políticas. O ¿podría haber otras? Son tan políticas como las que se han esgrimido desde lo alto de la Procuraduría en estos últimos años.
El procurador Alejandro Ordóñez parece estar tan atrás en el tiempo, que recién acaba de descubrir que son políticas las razones por las cuales lo quieren “sacar del camino”, según sus palabras.
Ordóñez señala esas razones como si de verdad le causara sorpresa saber que quienes pueden lo quieren remover del cargo en el que ha desatado un clima de controversia tan profundo y prolongado, que nadie sabe, a ciencia cierta, cuál ha sido su real papel en el control de la conducta de los funcionarios del Estado.
Y nadie lo sabe, porque desde cuando llegó, Ordóñez ha dedicado el tiempo y otros recursos públicos, a opinar sobre todos los temas posibles, incluso morales y religiosos, y a investigar a altos funcionarios contrarios a su particular manera medieval de pensar.
Pero, casos tan aberrantes como algunos de corrupción en dependencias públicas de Norte de Santander, apenas si los tocó, para conceptuar y descartar de plano la responsabilidad de funcionarios a quienes la opinión pública relaciona con intereses políticos afines al pensamiento o la amistad del procurador.
Como abogado, Ordóñez no puede ignorar —y menos como procurador— que todos los actos del hombre son políticos. Él sabe que Aristóteles tenía razón en aquello de que el hombre es, realmente, un animal político, es decir, un ser con la capacidad de organizarse en sociedad. A diferencia de los demás animales.
¿Quién, además del propio Ordóñez, negaría que todas sus investigaciones contra funcionarios con quienes no coincidía ideológicamente —Piedad Córdoba, Gustavo Petro…— tuvieron siempre la razón política como fundamento básico? Es probable que ni el mismo procurador pudiera negarlo.
¿Y sus pronunciamientos sobre el proceso de paz, que estuvieron a punto de hundirlo, por reiterados e inoportunos no son, acaso, actitudes abiertamente políticas, y aún más, de tono decididamente partidista?
Asumir el papel de perseguido no le va bien a Ordóñez. No, por su manera visceral de expresar ciertos conceptos; no, por su costumbre de enfocar todos los recursos de su dependencia solo hacia determinadas personalidades; no, por ese afán de bombardear un proceso de paz que, cuando fructifique, dejará de generar víctimas y facilitará que el país avance con toda la fuerza de sus recursos...
Quizás con él se esté llevando a la práctica la sentencia bíblica, que conoce Ordóñez mejor que muchos, según la cual, quien a hierro mata a hierro muere. En este caso, el hierro son las razones políticas, que claro que existen, para buscarle la salida del cargo que, en concepto de analistas, lo está inscribiendo en las listas muy anticipadas y selectivas de los precandidatos presidenciales.
Según Ordóñez dijo en entrevista de prensa, “desde la Presidencia se viene ofreciendo mi cargo a diversos sectores políticos”, como si fuera terreno vedado el de buscarle reemplazo. Es una de las consecuencias de la actividad política, esa de hacerse elegir y de que lo cambien por otro. Ningún cargo, mucho menos el de procurador, es vitalicio en esta democracia. Tampoco es hereditario…
Es la expresión típica, diaria y sagrada de la política que parece causarle al procurador cierta urticaria, como si fuera de su exclusividad poder utilizarla para satisfacer sus deseos y ambiciones, como si fuera legítima solo en sus manos… Le causa escozor saber que se le agota el tiempo, y que dentro de algunos días lo ancho del embudo ya no será para él y los suyos…
Claro que sí, procurador: quienes quieren sacarlo tienen razones políticas. O ¿podría haber otras? Son tan políticas como las que se han esgrimido desde lo alto de la Procuraduría en estos últimos años.
Solo que, como la piedra tirada al aire, regresa y puede dar en la cabeza de quien la lanzó. Es la ley de la vida política.
