Iba tan bien todo, que incluso ‘Gabino’, el jefe máximo del Eln, dijo que a la agenda de negociación del acuerdo de paz con el gobierno colombiano “no le falta ni una coma” y que según su criterio, las conversaciones podrían comenzar en el primer trimestre de 2016. Es decir, dentro de pocos días.
Pero, como acostumbra a señalar el pueblo, no hay felicidad completa. Casi de la nada apareció un palo que se atravesó en la rueda de la historia, y ahora, el comienzo de las negociaciones depende de la voluntad del malherido presidente Nicolás Maduro.
Desaparecido de la escena pública, Maduro se lame las heridas que le dejó la derrota electoral del 6 de diciembre, pero tiene ánimos para presionar a Santos y a Colombia, de una manera que recuerda la extorsión, para que no respalden a la oposición venezolana, como otros países lo han hecho.
Y la mejor forma que encontró fue congelando su mediación en el proceso de diálogo con el Eln, cuyos jefes viven en Venezuela, bajo protección del Estado.
Maduro recurrió a lo que encontró a mano para defender la influencia que cree tener en el continente: el papel mediador de Caracas, al que pretende poner bajo el mantel para no tener que dar a nadie explicaciones embarazosas sobre la tranquila permanencia guerrillera en ese país.
La Asamblea Nacional (AN) puede, en cualquier momento, pedir explicación a cualquier ministro sobre asuntos de su competencia, y en la actual situación, lo mejor es evitar que la oposición pregunte sobre el cobijo que los dos gobiernos de la revolución les han dado a los guerrilleros colombianos.
Una tercera razón se relaciona con el hecho de que Venezuela cree tenerle a Colombia la cuerda pisada con su papel mediador, y considera que si con el Eln hay solución rápida, Caracas perderá muy pronto toda influencia sobre Bogotá y su pretendido protagonismo latinoamericano quedará en lo que es: nada.
Pero, la decisión venezolana de congelar su rol de mediación trae aparejada la posibilidad de saber qué tan seria es la posición del Eln en relación con el pacto de paz. Si, como dice ‘Gabino’, y parece ser así, a lo acordado no le falta una coma, los guerrilleros no tienen nada diferente que hacer que sentarse a hablar.
Es probable que, en retaliación, Venezuela los expulse de su territorio, caso en el cual, Colombia y ellos podrían, de emergencia, adoptar medidas temporales para garantizar la seguridad de los guerrilleros mientras se discuten los términos del fin de la guerra con la organización procastrista.
En su enorme limitación intelectual, académica y ética, Maduro se dejó llevar de la idea de los radicales de su gobierno y de la revolución, que consideran que algo tan coyuntural como la mediación de Caracas debe ser norma perpetua que lleve a Colombia a dependen in æternum de Venezuela.
Lo que debe ocurrir es que, quiera o no Venezuela, el gobierno colombiano y el Eln deben comenzar ya a dialogar. No puede haber dilaciones solo porque el presidente Maduro y Miraflores pretenden ser el punto que decide la política del subcontinente. Por esa manera de pensar, nacida de la soberbia de la revolución, Venezuela rueda indetenible cuesta abajo.
A ‘Gabino’ y su gente les llegó el turno de destetarse de Caracas, y demostrar en la práctica que lo discutido y firmado en el acuerdo que está listo es de verdad sincero y definitivo, y no una especie de inocentada de la que el mundo no reirá.
Es esta la mejor oportunidad de los últimos años de demostrar que quiere de verdad la reconciliación y la paz. De todas maneras les iba tocar renunciar a la protección de Maduro. El aplazamiento que él impuso obliga, paradójicamente, a acelerar las cosas.
