Proporciones guardadas, es como si Norte de Santander hubiera iniciado el camino, tal vez sin retorno, que lo llevara a separarse para siempre de Colombia, considerada como república, y a convertirse en un país independiente.
Hay diferencias grandes, desde luego, entre Norte de Santander y Cataluña, que ayer comenzó su separación de España, de la que ha formado parte integral desde el siglo 12.
Cataluña es el motor industrial y comercial de España, y sus 7,5 millones de habitantes podrán sobrevivir, con holgura, como nación autónoma, incluso si reconocen y pagan las deudas que, en teoría, les cobraría con Madrid.
En el caso de Cataluña, el camino será muy accidentado, con obstáculos en apariencia insalvables, porque España no permitirá su desmembración, pero definitivamente sin retorno. El proceso de desconexión democrática, como se les dio a los catalanes por bautizar sus acciones, algún día se completará. Sin duda.
Ellos aspiran a materializar su sueño en 18 meses. Contra viento y marea.
Cada pueblo, nadie más, decide su destino, y Cataluña eligió el suyo, y por seguirlo está dispuesta a los más grandes sacrificios. Ya el gobierno del presidente Mariano Rajoy gritó desde Madrid y le pidió al Tribunal Constitucional suspender lo aprobado por el parlamento catalán en Barcelona.
La respuesta catalana fue la única previsible: desobedecerá cualquier orden de Madrid. Al fin y al cabo, como lo explicó la vocera del partido Candidatura de Unidad Popular (CUP), Anna Gabriel, la decisión que se adoptó en el parlamento catalán de irse de España “no es una declaración unilateral de independencia, es un acto de soberanía”.
Desde luego, el 47 por ciento de los catalanes se opone a la independencia, en el entendido de que el parlamento sea un reflejo más o menos preciso de toda Cataluña. Pero cuando se toca el puro sentimiento catalán, no hay excepciones. Además, la oposición no está unida de manera monolítica, como sí lo están todos los que quieren la independencia.
La declaratoria de independencia es, de alguna manera, una muy poderosa carga de profundidad contra el gobierno de Rajoy, que el 20 de diciembre deberá ir a elecciones. Y, si el paso firme de Cataluña se mantiene, tanto Rajoy como su Partido Popular (PP) muy posiblemente tengan que devolverles el gobierno a sus archirrivales del Partido Socialista Obrero Español (Psoe). Para evitarlo, Rajoy tendrá que apelar a medidas radicales y extremas en defensa de la unidad del reino español.
Pero, como la historia lo ha demostrado, el radicalismo solo conducirá a que los catalanes, y otras 17 naciones como ellos (asturianos, vascos, navarros…) hagan causa común y lleven a España al borde de la disolución o, en el menos grave de los casos, a convertirse en una especie de Reino Unido de España.
Que sea un país con mucho liderazgo en Europa y en especial en América Latina, no significa que en lo político y en lo social España sea un país sólido como una roca. Son 17 regiones y dos ciudades autónomas y 50 provincias, en un territorio en el que se hablan varios idiomas oficiales, incluidos, claro está, el español y el catalán.
En esas condiciones, Rajoy tendrá que andar muy suave a partir de ya, si no quiere pasar a la historia como el gobernante que permitió que la gran España que conquistó y dominó el planeta por muchos años, se hiciera trizas en cosa de pocos meses, como puede estar a punto de suceder.
Los catalanes no cederán. Y su ejemplo podría ser seguido por vascos y por asturianos y por valencianos y por andaluces… y así, hasta que lo hagan todas las autonomías. El momento para España no es nada claro, pero con Rajoy en el gobierno puede ser más confuso aún.
