El 23 de marzo está al alcance de la mano, para ser gráficos. Ojalá que al amanecer de ese día, todos los colombianos nos hayamos dado la oportunidad de tener el país que merecemos, equitativo, justo, tranquilo, vigoroso, en desarrollo…
El hombre, nos atrevemos a pensar que desde sus orígenes, se ha mostrado siempre proclive a las segundas oportunidades. Es consciente de sus limitaciones, de que yerra y falla, y, compasivo consigo mismo, cree que siempre después de una ocasión perdida cabe la redención de una segunda.
Y han sido esas segundas oportunidades las que, sin muchas dudas, le han dado al ser humano las soluciones que necesitaba para muchos de sus problemas individuales y sociales. Al fin y al cabo, la experiencia de milenios ha enseñado que los errores solo se corrigen en los hechos, y hechos son repeticiones.
Esta vez, los colombianos nos encontramos en una situación clave en la que ya no se trata de ofrecer una segunda oportunidad, sino de permitir la primera.
Todos, sin excepción, porque no la ha habido, durante casi 60 años le hemos dado mil oportunidades a la guerra entre el Estado y las Farc. De alguna manera la hemos no solo permitido sino estimulado. La hemos evocado como algo que ocurre por allá, en las montañas y las selvas más lejanas. La conocemos de lejos y de cerca y no nos gusta. Sufrimos el dolor que causa, hemos curado las heridas que deja y sepultado sus miles y miles de muertos. Y hemos visto su destrucción y la ruina que deja en cada casa campesina, en cada oleoducto, en cada hogar…
Todos, cualquier día, hemos sentido sus zarpas en la espalda, y la respuesta casi nunca ha sido la de acabarla. Al contrario: cada uno sido alguna vez una tea que le ha dado más fuerza a la conflagración que nos consume.
Pues bien. Estamos tan cerca de que todo cambie, que parece una mentira. Pero el fin de la guerra está cercano. Solo que ni ella ni sus causas desaparecerán solo porque lo deseamos con toda intensidad. Otros, muy pocos, por cierto, creen que el fin de la debacle, como está pactado, no tiene razón de ser.
No quieren darle una oportunidad al sueño de las grandes mayorías de que al menos haya una noche sin guerra en Colombia. Quieren seguir dándole todas las oportunidades a la muerte, a la violencia, a la destrucción, al salvajismo, al dolor, a la sangre derramada, al odio, a la venganza…
Ellos son los menos, por fortuna. Los demás, hay que decirlo, sentimos un enorme alivio al saber que cada día de estos días el fin de la guerra está mucho más cerca y que, salvo detalles, con base en todos los acuerdos establecidos, hay que materializar los deseos y los sueños de vivir tranquilos. Todos, los más y los menos.
Por esto, estamos con el presidente Santos y su llamado a darle a la paz con las Farc una oportunidad que jamás le hemos dado. Es, claro, una oportunidad para nosotros mismos. Es darle una oportunidad a la vida, a la tranquilidad, al futuro. Ni siquiera es una segunda oportunidad, es la primera y es fácil.
El 23 de marzo está al alcance de la mano, para ser gráficos. Ojalá que al amanecer de ese día, todos los colombianos nos hayamos dado la oportunidad de tener el país que merecemos, equitativo, justo, tranquilo, vigoroso, en desarrollo…
Nada hay, nada puede haber, en lo pactado, que vaya en contra del sentir de los colombianos ni en contra del ordenamiento jurídico. El mundo entero tiene puestos sus ojos en este proceso, y si bien todo se ha discutido en privado, ya en alguna parte hubiera surgido la protesta por acordar lo que no se debe.
Démosle a Colombia la oportunidad que plantea Santos, que es la misma que hemos pensado todos. ¿Qué tal que dé resultado…?
