Parece alto tan lejano, tan desvinculado de nosotros… Pero, la verdad, muy pocas veces antes en los tiempos recientes como hoy el mundo —incluidos nosotros, claro—, había estado tan cerca de estallar en mil pedazos por razón de un pequeño poder que se ha ido creciendo hasta enfrentarse a las principales superpotencias.
El llamado Estado Islámico tiene al mundo en sus manos, y salvo algunos, muy pocos gobernantes, la humanidad no es consciente de ello. De un grupúsculo de células islámicas radicales, el fenómeno fundamentalista fue creciendo, hasta convertirse en el que puede ser el disparador de una conflagración universal.
Para el Estado Islámico (EI) la violencia extrema no tiene secretos: así como sus líderes son capaces de ahogar aun prisionero metido en una jaula mientras graban en video la terrible agonía, así mismo pueden, sin remordimiento alguno, poner una bomba en el corazón de una pacífica manifestación contra la violencia y matar a cien jóvenes en un instante.
Y el EI lo hizo solo por desestabilizar a Turquía, la puerta de entrada desde el Este hacia Europa, y sembrar el nerviosismo en todo el Viejo Continente. El EI es la anticruzada, una especie de revancha contra las Cruzadas que llegaron hasta el mundo árabe a rescatarlo del Islam y hacerlo cristiano.
Se trata de violencia por violencia: la medieval del papado y sus generales, por la actual, brutal como pocas veces antes, masiva y planificada, sin un blanco fijo pero con un objetivo claro: establecer un estado basado en el Corán exegético a la manera de cualquiera, sin límites geográficos, caiga quien caiga en el nombre de Alá, muera quien muera…
Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania, Rusia, incluso China, que desde el comienzo pudieron frenar al entonces “pequeño grupo de desquiciados fundamentalistas”, como los llamó un político, prefirieron dejarlo hacer, mientras se cuidaban que una potencia no tuviera más interés que las demás en una zona o en otra (Siria, Libia, Irak…)
Un día, destruyeron los museos donde la humanidad guardaba con celo sus primeros pasos, y el mundo miró al EI y sus líderes con extrañeza, con temor, tal vez, pero sin el deseo de detenerlos. Para Europa era más importante un cañón ruso de más o de menos en Siria, un pueblo más o uno menos pro Irán en Irak…
Mientras, avanzaban territorialmente y reclutaban jóvenes europeos a los que les enseñaban cómo ejercer el máximo de violencia contra los seres humanos, sin sentir compasión, sin ablandarse…
Con el grave atentado en Turquía, el EI demostró que ya está en Europa, y que llegó para quedarse, y que su permanencia estará rodeada de violencia sin freno, de terror, de sangre derramada a borbotones, en busca de establecer, al costo que sea, el califato que pregonan los seguidores de Abu Bakr al-Baghdadi, la cabeza invisible del EI.
Hoy, el Estado Islámico no es el sueño de un grupo de musulmanes sunitas, sino un monstruo consolidado y sediento de sangre y de poder en nombre de Alá y de su profeta Mahoma, para enseñarle al mundo que solo hay un dios y que todo lo demás nada vale.
La bomba en Turquía es una puñalada certera en el corazón pacifista de un país cuyo gobierno les da gusto a unos y a otros, sin definirse, a las puertas de un continente que no tiene para donde correr, posiblemente con sus entrañas llenas de guerreros del EI que llegaron en las oleadas de refugiados árabes.
Si las grandes potencias no se ponen de acuerdo para combatirlo y, en lo posible eliminarlo, el EI será, a partir de ahora y por mucho tiempo, el eje en torno del cual giren Europa, África, Asia y, un poco más tarde, América.
