La guerra de 60 años entre Estado y Farc podrá acabar, el 23 de marzo o unas semanas después, pero la paz que se busca con los diálogos de La Habana parece que tardará en aterrizar mucho más tiempo del calculado.
Hay personas jugando irresponsablemente con candela junto a la gasolina, mientras, como lo hicieron hace varias décadas, ciertos medios de comunicación se alinean informativamente con el gobierno o con la oposición.
El error que cometieron varias veces a mediados del siglo pasado fue una de las causa de la guerra que intentamos apagar a sombrerazos en Cuba, pero, al parecer, la lección no se aprendió.
Confundir, sin recato, los asuntos de Estado con los intereses familiares, e inducir a otras personas a caer en el error provocado, como ha ocurrido con el caso del ganadero Santiago Uribe Vélez, es una actitud que preocupa, por lo que tiene de egoísmo y de intención de bombardear los acuerdos con las Farc.
Que un expresidente de la República deslegitime las mismas instituciones que defendió y de las que se sirvió para objetivos no siempre ortodoxos, es prueba de que Lord Acton tiene la razón: el poder tiende a corromper. Y, tal vez podamos agregar: el poder perdido tiende a anular la sensatez y la cordura.
Desde luego, toda persona tiene derecho a defender a su hermano, pero no a costa de poner en riesgo el interés nacional de acabar la guerra, como en el caso actual, ni de incendiar el país con el argumento de que no hubo tal arresto de Santiago Uribe sino un secuestro de la Fiscalía.
Exigirle la renuncia al presidente Santos, a quien señalan de ser fiscal y juez, solo porque el Estado arrestó al ganadero antioqueño sindicado a ser parte de un grupo paramilitar, es darle pie la opinión pública de que considere que de esa manera actuaban en el gobierno anterior.
No parece probable que después de 20 años de los hechos que le endilga la Fiscalía al hermano del expresidente se den palos de ciego. Desde luego, no significa, tampoco, que sea responsable. Se presume inocente. Pero, ¿y sí hay méritos para procesarlo, qué dirán después los defensores del ganadero?
Y arreciar los ataques porque al parecer los hijos del expresidente Uribe están vinculados marginalmente a un proceso penal por fraude con chatarra es pretender que por el hecho de ser ellos están fuera del alcance de la Justicia. Y eso ni es cierto ni podrá serlo jamás en una democracia como la colombiana.
Nadie está por encima de las leyes, ni siquiera de la más insignificante...
Pocas cosas hay más sanas para un gobierno y un país que la existencia de la oposición, pero también se puede decir que pocas cosas son más nocivas que una oposición insensata, incendiaria, dedicada a defender intereses de todo tipo, menos los de la sociedad.
¿Será que, en el caso de un estallido social por razones partidistas, como algunos que relata la historia, los pregoneros del incendio permanecerán acá para ayudar a calmar las cosas?
Porque en Colombia también ha sucedido que cuando la primera chispa hace llama, los primeros en correr lejos a ponerse a salvo han sido quienes la encendieron.
En momentos como estos, en que Colombia está dividida, casi atomizada, lo más prudente es desarmar los espíritus y acatar el llamado de la cordura, a menos que, como podría pensarse, lo que se quiera sea, precisamente, incendiar el país para luego vender la figura de un apagador de incendios.
Ya ocurrió, y desde entonces, la cordura y la sensatez se extraviaron. Y de ambas quedaba ya muy poco.
