Fueron dos acciones, y los resultados son por lo menos prometedores. Por una parte, decenas de niños —más de 200, según cifra oficial— fueron rescatados de manos de mafias de traficantes de alcohol y de administradores de discotecas ilegales. Y, por otra, 4 arrestados en flagrancia cuando cometían un crimen de lesa naturaleza: echarle 10 toneladas de escombros y basuras al río Táchira.
Esa es la manera como la ciudadanía espera que actúe su Policía, con toda el rigor posible, con determinación, sin contemplaciones con nadie. Pero esta es, también, la forma como no ha trabajado la institución armada.
Si en los últimos meses la diligencia policial hubiera sido la demostrada en estos pocos días del año, las operaciones en busca de discotecas ilegales para los niños no hubieran sido necesarias.
Si la eficacia de la acción contra los contaminadores del medioambiente se hubiera dado antes, hoy no estaríamos lamentando las consecuencias, en teoría irreversibles, de la disposición de basuras en las tutelares corrientes de agua.
Porque, aunque sea difícil de aceptar, la verdad es que hay problemas para los cuales ya no hay remedio en materia de grave deterioro del entorno natural. Y lo peor del caso es que la situación de los principales ríos de la zona, a pesar de lo que se haga, ya no será nunca más la misma que se vivió hace unos 30 años.
Pero, al menos por ahora, Cúcuta es un lugar menos peligroso para todos los niños, y más esperanzador en lo ambiental, para todos…
Sin embargo, nada es peor que la corrupción moral de los niños cucuteños, propiciada por siniestros personajes que, con el fin egoísta e infame de engrosar sus cuentas bancarias, introducen a los niños en el cataclismo del mundo de las drogas.
Porque el alcohol al que los envician es una droga fatal. Es la puerta del infierno, literalmente. La entrada a un mundo del que casi nunca hay retorno, el comienzo del fin rápido y doloroso de la vida de cualquier persona. Después del alcohol viene todo lo demás, incluida, por supuesto, la muerte.
Muy bien, por la Policía, su eficacia y sus resultados parciales. Pero, y en esto hay que ser indeclinables, es necesario identificar y responsabilizar a todos los miembros de esas pandillas de corruptores de la moral infantil. Para ellos no debe haber descanso, hasta ponerlos todos en manos de una Justicia a la que le corresponde ahora el turno de hacer lo que tiene que hacer con los delincuentes.
Según la Policía, el hallazgo de la discoteca ilegal donde estaban los niños se logró gracias a informaciones suministradas por algunos buenos ciudadanos.
Ojalá haya sido así, porque esa sería una demostración clara de que aún no todo se ha perdido en materia de tolerancia al crimen, prueba esperanzadora de que a pesar de que la responsabilidad también es nuestra, aún hay personas que juegan limpio con los menores de edad.
Porque nadie puede dudar de que lo que pase con los niños es de la plena responsabilidad de los adultos. De todos, sin excepción. De una sociedad que no ha aprendido nada sobre el camino que debe tomar en busca del futuro.
La familia es responsable, porque tiene hijos a los que a duras penas da de comer, pero no alimenta ni moral ni espiritualmente; el Estado, que confía todos sus recursos a los corruptos y no los cuida, y por ello no tiene cómo entregarles a los niños la recreación que necesitan para que no acudan a las drogas, y todas las autoridades, a las que las consumen la burocracia, la corrupción y la desidia.
Lo importante es, por encima de todos nuestros errores, estimular a la Policía para que siga por el camino que empezó en Cúcuta y que siempre vaya más y más allá…
