En mucho, la que buscamos acabar, pese a la oposición radical de críticos y opositores del proceso de paz, ha sido una guerra de niños, con el agravante de que la inmensa mayoría de ellos eran de las familias más pobres de Colombia.
Estadísticas de la Unidad para las Víctimas así lo demuestran, en estudio que sin duda será recibido con el mayor repudio mundial posible, porque allí hay cifras para espantar: 9.000 niños (34 por ciento de ellos mujeres) de al menos 9 departamentos fueron reclutados como combatientes.
Y, aunque la mayoría de ellos (3.592) fueron reclutados por las Farc, hubo casos en los que, un solo capo paramilitar, como Fredy ‘Alemán’ Rendón Herrera tuvo en su organización a 309 niños en 9 años de actividades de su frente, lo que demuestra que no se trató de reclutamiento esporádico sino resultado de acciones sistemáticas.
El hecho de que de los 9.000 el Estado haya reparado a 2.500 demuestra que la tarea de recuperar esos niños ha sido enorme, pero oculta algo peor: gran cantidad de esos combatientes nunca podrán ser compensados: muchos tal vez ya murieron, y otros ya ni siquiera son combatientes. Varios comandantes de las diversas guerrillas comenzaron en la guerra cuando eran niños de escuela.
Que la gran mayoría de esos niños eran de los más pobres de Colombia lo establece el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en su estudio Children in the Time of War-Niños en tiempos de guerra, que analiza la realidad de todos los niños, no solo combatientes, vinculados de una manera u otra a la guerra.
Según el organismo internacional, solo en los tres años largos que lleva el proceso de diálogo, 250.000 niños han sufrido los efectos de la guerra. De estos, 230.000 han sido víctimas de desplazamiento forzado desde sus predios rurales hacia centros urbanos.
Pero, lo más grave, es que al menos 75 de estos niños murieron y otros 180 resultaron heridos, víctimas de minas antipersona o de municiones sin explotar, en episodios ocurridos en caminos rurales, mientras los pequeños iban o venían entre su casa y la escuela...
Otras cifras oficiales (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) indican que 9 por ciento de los niños combatientes desvinculados de la guerra y atendidos por el Estado son de origen indio, y 7 por ciento, negro. Esto es muy relevante, ya que la población india colombiana es apenas 3,4 por ciento del total.
Este aspecto de la guerra afectó, principalmente, a Putumayo, Caquetá, Cauca, Nariño y Tolima, y en menor escala a Antioquia.
Lo que dicen estos informes es que la nuestra, en gran parte, ha sido una terrible de niños pobres, en especial campesinos. La oposición al acuerdo de paz viene, gran contrasentido, de parte de líderes políticos urbanos para los que, salvo excepciones notables, las consecuencias de la guerra no han sido, precisamente, las más dramáticas.
Es como si se estuviera estimulando a que la guerra continúe, puesto que, al fin y al cabo, los que la pelean y pones muertos y heridos son los campesinos, entre ellos los indios y los negros, es decir, los más pobres de la sociedad. Como si los niños muertos y heridos valieran menos porque son del campo y no importaran sino a sus familias.
Es claro que cifras de víctimas de una guerra como la actual, con escenarios tan remotos que a muchos colombianos les parecen en otro mundo, jamás sean precisas. ¡Cómo sería si lo fueran!
Es oportuna una pregunta: ¿cuántos años hubiera durado esta guerra de casi 60 años, si los niños reclutados, muertos y heridos, fueran de la ciudad y de familias con dinero?
