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Editorial
Farc, listas
Existe el criterio de que en toda negociación, los unos ganan lo que los otros pierden.
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Viernes, 18 de Septiembre de 2015

Se acerca uno de los momentos más críticos de la historia moderna colombiana, un momento en que se pondrán a prueba, de verdad, la tolerancia hacia las ideas de las Farc y el respeto a los acuerdos logrados en La Habana.

Se trata del momento en que ojalá para siempre las Farc se conviertan en el partido político que deben ser y entre todos los colombianos sepultemos casi seis décadas de una de las guerras fratricidas más incomprensibles de los tiempos modernos.

Experiencias algo lejanas para millones de colombianos, pero imposibles de ignorar, como la de Unión Patriótica (UP), liquidada a balazos, hacen pensar de nuevo en todos los radicalismos que han hecho retroceder la historia colombiana.

Hacer desaparecer un partido político en desarrollo de un plan sistemático no es un proceso que permita pensar en que las Farc encontrarán en su camino, más posible cada día, un tapete de rosas por el que irán sin contratiempos. Muy probablemente no será así, pero ojalá todo se dé dentro del marco de la ley y de la democracia.

Las Farc nacieron de gentes que se sintieron excluidas de las esferas de decisión, y casi completamos 60 años de balazos y de dolor y de víctimas sin cuenta exacta. ¿Habría alguna razón, por muy poderosa que parezca, para intentar repetir situaciones como esa de obligar a la gente a expresarse a través de la violencia porque todos los escenarios para hacerlo en paz les fueron cerrados?

Las Farc dicen estar listas para convertirse en movimiento político abierto y para su desempeño en todas las actividades legales de la sociedad. Es de esperar que todo el país también lo esté, para bien no solo de los colombianos actuales, sino de las generaciones futuras, porque un retorno a la guerra podría ser algo parecido a una hecatombe social.

No es fácil dejar las armas que se empuñaron durante lustros, para ir, de pueblo en pueblo pregonando ideas, apoyados solo en la confianza en el Estado, como les tocará a los guerrilleros que acaban de reiterar su deseo de reincorporarse a la vida civil en plenitud de derechos y deberes.

Tampoco será fácil, para millares de víctimas y para sus parientes, ver cómo sus victimarios pueden ir, con tranquilidad, por el país, en busca de votos que los respalden en sus aspiraciones a llegar a los cargos de elección popular.

Pero, para todos, y para bien, ese es el juego de la democracia, esa es la realidad de un país alejado de la guerra, esa es la verdadera tolerancia.

Que las heridas causadas durante tantos años de dolor y de sangre no se restañan con facilidad es absolutamente cierto, pero también lo es que sanarán, como sana toda herida, y en ese empeño debemos todos encausar todos los esfuerzos de la civilidad y de la convivencia.

Existe el criterio de que en toda negociación, los unos ganan lo que los otros pierden. Y, visto así, de manera esquemática, parece verdad. Pero, lo que se debe tener en cuenta es que si en una guerra todos pierden —perdemos, en verdad—, con la paz todos ganamos. Eso no lo podemos olvidar, si en realidad estamos convencidos de que merecemos un mundo diferente.

Por delante, a Colombia solo le quedan dos caminos: uno, apoyar el proceso de participación política de las Farc y eventualmente del Eln, y otro, un cataclismo social, político y militar del que muchas generaciones no podrán recuperarse. Porque, si nos vamos por esta segunda vía, la guerra será como nunca se ha visto aquí.

Y no está en manos de las Farc tomar la decisión de por dónde ir, sino en manos de todos los que jamás hemos pensado en la guerra como opción. 

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