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Editorial
Ese hoyo negro...
La burocracia es ciega, sorda, muda y considera idiotas a los que acuden a ella.
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Jueves, 10 de Diciembre de 2015

La burocracia, ese monstruoso aparato que se traga todo en el nombre del Estado, sin masticar, siquiera, y lo lleva a su interminable y laberíntico intestino, donde se pierde para siempre, tiene en Cúcuta una de sus peores versiones, si no la peor del país.

La burocracia es la parte más obscena del poder: su inmovilidad absoluta lo decide todo: desde nimiedades que causan risa, hasta la vida de las personas. Es literalmente imposible entender este poderoso hoyo negro donde el absurdo y lo extraño reinan, con un gran ejército de funcionarios a su servicio exclusivo.

Franz Kafka se inmortalizó tratando de describir la burocracia de Praga y del Imperio Austrohúngaro. Siquiera le tocó esa época y esa región del mundo. Si lo hubiera intentado aquí y ahora ya habría muerto loco.

Con sus 11 vacas, Iván Bustos llegó de Ureña el 25 de agosto a través de una trocha de contrabandistas. Él no lo es. Solo se ponía a resguardo de todas las cosas que les pasaban entonces a los colombianos recién cerrada la frontera.

Cumplidor como pocos de las normas legales, Bustos guardó sus vacas en una finca y acudió al Instituto Agropecuario (ICA) a informar de lo que hizo. Luego fue donde el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), a Migración Colombia, la Defensoría del Pueblo, el jefe de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd), Carlos Iván Márquez, encargado de todo el plan de ayuda a deportados y repatriados, y el asesor del Plan Fronteras para la Prosperidad, Víctor Bautista.

Acompañado de un funcionario del ICA, Bustos llevaba sus vacas hacia Los Patios, a someterlas a una cuarentena, cuando un policía lo detuvo. De nada sirvieron ni documentos de la Defensoría del Pueblo ni la presencia del experto del ICA. Le decomisaron las reses, porque las consideraron contrabando.

A nombre del gobierno y del Estado, Márquez dijo que en gesto humanitario, marco en el que se desenvolvió toda la operación de apoyo a los colombianos que volvían y que él dirigió, le debían permitir a Bustos ingresar sus vacas al país.

En 107 días, las reses han cumplido dos cuarentenas y están listas para una tercera, sin que nadie explique por qué, si en tanto tiempo no han mostrado rastro de enfermedad alguna, ¿es necesario aislarlas más tiempo?

En los primeros días del cierre, en La Parada hubo incluso una improvisada feria en la que los colombianos recién llegados vendieron toda clase de animales domésticos que trajeron. Entonces, ni el ICA y la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (Dian) se dieron por enteradas de lo que sucedió. Nunca supieron si esos animales estaban sanos o no. Ni se preocuparon por averiguarlo.

Márquez nada volvió a decir. El ICA dice que sabe de las vacas, porque las tiene, pero no le corresponde permitirles la entrada. En la Dian argumentan que les corresponde autorizar el ingreso, pero no saben qué es gesto humanitario. El Defensor del Pueblo local ni sabe ni puede, a pesar de que el defensor nacional lo despertó de su letargo para que actuara. La Cancillería sostiene que unas vacas no son asunto suyo… Esto y mucho más es la burocracia.

En el insondable silencio del monstruo burocrático trascendió ayer que, al parecer, las vacas aún están vivas y siguen dando la misma cantidad de leche. Las tienen en una finca cuyo propietario dijo que las entregará cuando la Dian, que las llevó, le pague por mantenerlas. Esto ha impedido la tercera cuarentena: el ICA dice que solo es válida en un lugar adecuado, y donde están, un lugar a donde llevan otros animales, no lo es, pues las vacas pueden contaminarse.

Mientras, Bustos recorre dos veces al día todas las dependencias, donde ya ni siquiera le responden el saludo. La burocracia es ciega, sorda, muda y considera idiotas a los que acuden a ella.

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