El infierno, como dicen algunos, es acá, en vida. Y así parece corroborarlo, de manera brutal, la realidad del país estos días: decenas de poblaciones sin agua, ríos secos e incendios descontrolados en al menos 7 de los 32 departamentos.
Una de las imágenes más patéticas de la cultura occidental judeocristiana es la del infierno, con todos los tormentos imaginables para las almas pecadoras y el fuego y la sed eternas. Son tan intensos, que el propio diablo es lo de menos.
El castigo del fuego inextinguible y la sed insaciable son, sin dudarlo, algo que nadie desea, y menos si, como lo entienden muchos católicos, es para toda la eternidad.
La realidad del infierno es otra, según Francisco, un papa que regresó a los orígenes del cristianismo para decir que no es eterno, porque “Dios no condena a nadie para siempre”. Lo del fuego es también muy diferente y tampoco es eterno.
El infierno, como dicen algunos, es acá, en vida. Y así parece corroborarlo, de manera brutal, la realidad del país estos días: decenas de poblaciones sin agua, ríos secos e incendios descontrolados en al menos 7 de los 32 departamentos.
Y ¿quién es responsable de esta debacle? El ser humano en general, todos nosotros, los habitantes de este país masacrado en sus bosques, destruido en sus ríos, incluso los mayores, aniquilado en sus páramos y sin agua para nada.
El río Magdalena, sagrado por siglos hasta la llegada de los europeos, hoy causa vergüenza: a su paso por Barrancabermeja, el cauce mide 60 centímetros de ancho, y el Cauca, en La Virginia (Risaralda), 50 nada más. El Magdalena, el abastecedor del 70 por ciento del país en materia de agua, es casi una cloaca...
¿Qué el Fenómeno del Niño es una de las principales causas de la tragedia, porque es una inmensa tragedia? Lo es, desde luego. Pero las demás son acciones del hombre, que no tiene la menor idea de lo que significa respetar y cuidar de la naturaleza, convertida hoy en un infierno. Ni más ni menos.
En zonas como el Valle del Cauca, enmarcada por dos cordilleras, hay 16 municipios sin agua… y sin esperanza. Hasta anoche había 210 municipios que no tienen agua para nada en todo el país; la sed los está agostando poco a poco, en situación que se agudiza en relación con los animales y las plantas, todos los animales y las plantas.
También hasta anoche había incendios forestales sin control en al menos siete departamentos, mientras llamadas de alerta circulaban por el resto del país, en procura de que todos tratemos de evitar fuegos que serían devastadores.
Por el accionar del hombre, la naturaleza se debate hoy en una especie de círculo diabólico del que parece no haber manera de sacarla: el calentamiento global lleva a que la flora muera de sed; así, reseca, no produce agua, y es fácil presa de las llamas; y no puede ser apagada, porque no hay agua con la cual hacerlo. Y, por lo mismo, todos los gases del incendio suben a la atmósfera y la recalientan aún más, y por esa razón no habrá lluvias y la poca flora que haya quedado morirá también. Y no habrá más agua, ni más vida.
Y, aunque parezca un fenómeno algo lejano, en Cúcuta la situación es, tal vez, más grave que en otras regiones, donde es posible todavía resucitar los ríos. Acá eso no es posible, y menos con la indolencia de todas las autoridades sentada en los escritorios burocráticos.
Y en este sentido no se puede hacer excepción de ninguna naturaleza; al hablar de todas las autoridades es porque no hay excepciones, pues, al menos en los últimos tiempos, han preferido enfrentarse y lanzarse acusaciones triviales mutuas, antes que procurar la defensa del medio ambiente y de la producción de agua.
Las autoridades también son responsables de que estemos viviendo en un verdadero infierno.
