Los medios, todos, no sobra repetirlo, son fiscales del poder, personeros de la comunidad, porque la sociedad misma así lo ha determinado, y se deben a sus lectores, en el caso de un diario, no a los personajes que en ellos se publican.
Los medios, sin rodeos, son su comunidad: a través de ellos expresa todas inquietudes, en desarrollo de la libertad de expresión y del derecho a informar y ser informado de manera adecuada.
Libertad, democracia, medios, sociedad son conceptos que no se pueden ni se deben separar. No hay medios libres en un país que no lo es, ni sociedades con un avanzado nivel de democracia con medios que ni la entienden ni la practican.
En ejercicio de esta interrelación permanente, perfectible, se acostumbra a que, en las campañas electorales, los aspirantes a un cargo público —presidencia, gobernación, alcaldía…— se enfrenten en debates ideológicos y programáticos, de ordinario organizados y desarrollados por los medios más importantes.
Son oportunidades en las que la comunidad que le va a pagar el sueldo se entere de cómo piensa cada aspirante a alcalde en relación con los problemas que la aquejan y las soluciones que necesita. Es, por decirlo así, un examen rápido a quien será su futuro empleado y al que le confiará el manejo de sus recursos.
La ciudadanía entiende, a la manera clara de Alfonso López Michelsen, que “mandatario no es el que manda, sino el que cumple un mandato”, es decir, el que obedece lo que le ordenan hacer a través de las urnas. Y eso que le ordenan no es otra cosa que el plan de gobierno.
Entender esto de otra manera es no entender nada. Es desvariar en torno de la relación que se genera a través del ejercicio democrático de transferencia del poder popular. El poder es del pueblo y, en el caso municipal, el alcalde es solo el instrumento mediante el cual se ejerce. Nada más.
Ponerse por encima de esa relación de dependencia es asumir actitudes de soberbia, envanecerse, llenarse de humo el cerebro, creerse caporal, y ese jamás será el espíritu de la elección de funcionarios, por muy encumbrados que sean.
Creerse alcalde antes de ser elegido es, vale decirlo, ensillar antes de traer las bestias, como dice el pueblo, porque de todos es sabido que algunas veces, en la puerta del horno se quema el mejor pan. En toda elección hay derrotados que se consideraban invencibles, pequeños Titanic de aldea rellenos de soberbia.
Vale lo anterior para hacer referencia al desplante a los medios, que es un desprecio a la comunidad, que protagonizaron dos candidatos a la alcaldía local, que se negaron a participar en los debates con el argumento que uno de ellos dio a la persona que le invitó: “es que yo no soy un candidato, yo ya soy el alcalde de Cúcuta, eso ya está decidido”.
Quizás. Quizás no. El hecho incuestionable es que, aunque se resistan los dos a creerlo, ya es verdad que entre César Rojas y Jorge Acevedo, uno de los dos no será alcalde: quedará con la fiesta preparada y el pecho henchido de vanidad. O, nadie lo sabe, es posible que ninguno sea el elegido.
Además de creerse ganadores, los dos no asistieron a los debates por físico miedo. Se les iba a preguntar sobre aspectos de sus programas de gobierno para una ciudad que necesita de audacia y de tino de su alcalde, algo que hace rato no se percibe.
Pero quizás tuvieron temor infundado de que se les preguntara sobre sus financiadores y sus amigos y no supieran qué decir cuando escucharan palabras como código penal, delito y otras...
O ¿habría otras razones?
