Colombia amaneció ayer optimista, y con razón, muy dada a ver el acuerdo de La Habana en sus aspectos más favorables, y dispuesta a afrontar con euforia cualquier dificultad con tal de lograr un futuro en la paz que le ha sido esquiva.
Sin embargo, también hubo voces discordantes, aferradas a simplezas como un apretón de manos que, si se aprecia sin pasión lo que se pasó en la tv, fue más un gesto de buenos modales que otra cosa.
Ponerle plazo a la firma de la paz es lo mejor que le ha ocurrido a este país en muchos años, en especial porque por primera vez se siente tierra firme debajo del proceso de diálogo, poco creíble para muchos, algo vaporoso para todos.
Obvio, siempre es bueno saber que los colombianos, acostumbrados a los dolores y tristezas de la guerra y la violencia callejera, también saben de optimismo y de pensar el futuro de una manera diferente a la de las últimas décadas.
Hoy, al futuro se mira con tranquilidad, aunque con ciertas reservas, quizás motivadas por la inseguridad e imprevisibilidad con las que se trazaban hasta ayer todos los planes, incluidos los de los gobiernos.
Todo el proceso de paz llegó, por fin, a un punto del cual ya no es posible el regreso, a no ser que se quiera convertir, el gobierno o la guerrilla, o ambos, en hazmerreír del universo y ser objeto del repudio de todos los colombianos.
El paso dado con el acuerdo sobre el establecimiento de una estructura de justicia para el caso concreto no es algo de poco significado, es el mayor avance que se ha logrado, es un “progreso histórico”, al decir de nadie menos que el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry.
Y, realmente lo es. Ningún otro proceso de paz, que se sepa, tuvo un sistema propio de justicia temporal. Y, por inédito, quizás genere más problemas de los que se pretende solucionar, pero es valioso porque se trata de un intento en busca de que las víctimas puedan sentirse más satisfechas que hasta ahora.
Y de eso, nadie puede hablar sino las propias víctimas. Sentirse reparadas no es algo que un líder político, por ejemplo, pueda calificar, como tampoco puede atribuirles a las miles y miles de víctimas su sentimiento personal. Cada víctima siente distinto, se siente reparada de diferente manera.
En estos momentos de euforia y optimismo no se puede, sin embargo, dejar a un lado el principio rector de toda la negociación: nada está acordado hasta que todo esté acordado. Así, este paso trascendental, en sí mismo no constituye más que un avance, no la terminación del proceso de diálogo, mucho menos la paz. Ella llegará en la medida en que se superen causas objetivas que llevaron a la gente al monte, como la exclusión política, el no reconocimiento del otro, la hegemonía de los partidos políticos tradicionales, y sí, la falta de tierras para trabajar, la pobreza, la carencia de salud, agua potable, etc.
Hay una ventana de seis meses para materializar un deseo de décadas; ya es posible decir que el fin de la guerra de casi 60 años está a punto de quedar en la historia, en sus páginas más negras y oscuras, y todos los colombianos estamos en el deber de contribuir a que en marzo, a más tardar, llegue el momento de la verdad. No trabajar en busca de ese fin no tiene sentido alguno.
Si lo hecho hasta ahora no fuera lo correcto, surge la pregunta: ¿países tan disímiles políticamente como Cuba y Estados Unidos estarían entre los que más decididamente apoyan el trabajo de estos largos meses? Rotundamente, no.
¿Entonces, por qué tanta resistencia, casi siempre injustificada, a aceptar para todos lo que las víctimas ya avalaron a través de su representante?
