Y, más recientemente, el país se enzarzó en una discusión, por momentos dolorosamente cruel, por las ofensas e improperios que se lanzaron de lado y lado, porque se reconoció a las parejas del mismo sexo el derecho a adoptar niños.
Para el expresidente venezolano e historiador Ramón J. Velásquez, no había otro país más contradictorio que Colombia: “tienen la dirigencia más conservadora con el pueblo más liberal de la Tierra”, dijo a propósito de la muerte en Medellín del narcotraficante Pablo Escobar.
Para entonces, temas como el matrimonio civil y el divorcio habían causado tanto impacto en la sociedad colombiana, que los debates habían trascendido las fronteras e interesado a analistas y pensadores.
En otros países, los mismos asuntos habían generado el debate normal que tiene lugar con reformas legales o constitucionales que afectan a toda la sociedad.
En Colombia, no. A pesar de que es este el país líder en el mundo en cuanto a la cantidad de familias rotas y de madres solteras y de parejas separadas, temas como el divorcio o el matrimonio civil se mantuvieron en el centro del debate largos meses cuando estaban en discusión del Congreso y el Gobierno.
Lo dicho en 2003 es válido hoy. Una sociedad increíblemente liberal tiene, en la mayoría de los campos de la actividad, liderazgos conservadores.
Siguiendo en la línea de lo meramente social, en el que los debates son, en la mayoría de los casos, verdaderas batallas en las que se desacredita a unos y a otros sin miramientos, y en las que la terquedad por la terquedad llega a triunfar.
Lo que ocurría a finales del siglo pasado, sigue sucediendo: a veces, debatir se convierte en exposición a la guillotina moral, solo porque se está de acuerdo con ideas como la eutanasia para los casos de personas que están irremediablemente condenadas a morir en medio de sufrimientos de espanto.
A quien defiende la eutanasia le cae todo un arsenal de epítetos, entre los que no escapan ni el de instigador al suicidio ni el de asesino por mano ajena. Y basta ir a las redes sociales, para leer absurdidades que solo se dicen en este país.
Y esos señalamientos nacen en el foro, en la cátedra, en el atril del orador y hasta en el púlpito católico.
Se ha visto en momentos en que se debate no solo esa forma digna de morir cuando uno lo desee, sino cuando se otorga a las parejas gay el mismo derecho de todos los colombianos de formar pareja con quien quieran, no con quien les toca o les determinan.
Y, más recientemente, el país se enzarzó en una discusión, por momentos dolorosamente cruel, por las ofensas e improperios que se lanzaron de lado y lado, porque se reconoció a las parejas del mismo sexo el derecho a adoptar niños.
Sin duda, esta sociedad es una contradicción permanente, muy profunda, que debe destinarle un tiempo a abrir espacios de reflexión sin apasionamientos, a fin de entender que la tolerancia es el permanente respeto a las ideas, creencias y prácticas de los demás cuando son contrarias a las propias, y no un enunciado teórico suficiente para sentirnos satisfechos.
Quizás sea aquí, en el campo de la tolerancia, donde más necesitada está Colombia de cambios profundos, y hay que darlos, para poder discutir más allá de las ofensas y de los vituperios, más allá de la descalificación ramplona de quien defiende la idea contraria.
Para ello, hay que, como no, comenzar a desarmar el espíritu y la lengua de cada colombiano, para que el debate de cualquier idea se dé en términos que no lleven a una guerra cada que alguien habla y alguien le contradice.
Si a la democracia se le ponen cercas que marginen a los homosexuales o a quienes defienden la eutanasia, habrá siempre el pretexto para asumir las vías de hecho que les permitan a los excluidos hacer sentir su voz.
Fue lo que hicieron las Farc, el Eln, El M-19, El Epl y tantos otros, grupos e individuos. Lo importante es que no podemos seguir como hasta ahora.
