Brasil, el país más poderoso del Continente después de Estados Unidos, está en problemas por los que ya ha pasado, con un movimiento gigantesco de masas que busca la renuncia de la presidenta Dilma Rousseff…
Cambiar de presidente fuera de los términos no es nada nuevo, en la vida del gigantesco vecino, pero, esta vez, las circunstancias parecen indicar que los problemas no se superarán con la simple salida de la presidenta.
Los sobresaltos ocurren desde 1954, cuando el presidente Getúlio Vargas, comprometido con una política social profunda, se dio un tiro en el corazón, al darse cuenta de que la oposición no le permitiría gobernar. Casi como ahora.
Es histórica su carta: “Más de una vez las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y desencadenaron sobre mí. No me acusan, me insultan; no me combaten, difaman de mí; y no me dan el derecho a defenderme”.
Luego, en 1960, Janio Quadros dimitió con menos de un año de mandato, obligado por los militares, por haberse reunido con Ernesto ‘Che’ Guevara. En su carta habló de que “fuerzas terribles se levantaron contra mí...”. Y Joao Goulart, el vicepresidente, izquierdista moderado, no pudo asumir: los militares le dieron golpe de Estado.
En 1992, cuando el Congreso lo iba a destituir, Fernando Collor de Mello prefirió renunciar y dedicarse a ser senador.
Estos antecedentes hacen que Dilma Rousseff piense bien los pasos que está dando, y que pueden llevar a que la coalición que aún la sostiene se pueda quebrar y dejarla en el aire cuando aún le faltan tres años de gobierno.
El problema está en el pueblo: las marchas del domingo (una, monstruosa, en Sao Paulo) le hicieron claridad en torno de qué tan afectado está el país por la recesión económica y qué tan hastiada está la gente por la escandalosa revelación de un megafraude en Petrobras, que manchan a la élite política y económica.
En la práctica, a la presidenta le quedan 28 días para conocer su futuro: el poderoso Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), aliado imprescindible del Partido de los Trabajadores (PT) de Rousseff, estableció 30 días para decidir si sigue en el gobierno o abandona a su suerte a la presidenta.
A la mandataria la favorece el hecho de que el Pmdb está profundamente dividido entre quienes están a favor del pacto de gobierno, y una corriente cada vez más numerosa que apoya un divorcio potencialmente fatal para Rousseff.
En términos llanos, desde diciembre, el gobierno de Rousseff está agónico, bajo amenaza de un juicio político contra la presidenta, impulsado por la oposición en el Congreso, que acusa al gobierno de maquillar las cuentas públicas en 2014.
Pero la presidenta aún no ha perdido. Por un lado, la oposición no tiene aún la fórmula para el caso en que ella se vaya. El presidente del principal partido de oposición, el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSB), Aecio Neves, no apoya de manera definitiva una acusación contra Rousseff, pues pondría de inmediato al PMDB en la presidencia. En cambio, si en vez del Congreso actúa la corte electoral, podría ocurrir un juicio, otro, por financiamiento ilegal de la campaña de Rousseff y de su vicepresidente, Michyel Temer, y habría nueva elección. Y Neves sería el favorito.
En gesto de desafío, la presidenta dijo el sábado que no tiene intención de renunciar, y fue más allá: declaró que sería un honor tener en su gobierno a Luiz Inacio Lula da Silva, su antecesor y mentor, y autor del milagro brasileño.
Solo que Lula está en peores problemas judiciales: la justicia investiga si el apartamento en el que vive le pertenece, algo que él niega, pues no figura en su declaración de impuestos y sería producto de una comisión de un contrato oficial.
