Casi a escondidas, como fue su campaña, Jeb abandonó la búsqueda de la presidencia de Estados Unidos y marcó el comienzo del otoño gris y frío para una de las dinastías políticas más poderosas del mundo en el último siglo: los Bush.
Abuelo senador, padre y hermano presidentes, y él candidato, todo resultó demasiado peso con el que no pudo este exgobernador de Florida, que se jugaba ante su pupilo Marco Rubio y el texano Ted Cruz, y el inefable Donald Trump.
Jeb Bush era, en palabras de los analistas, demasiado republicano para su partido, demasiado hispano para un blanco, demasiado serio para un elector como el estadounidense que, por razones aún incomprendidas, está enamorado del millonario bocón, racista, mediático, incendiario y populista Trump, a pesar de la larga fila de sus insultados: mexicanos, musulmanes, chinos, veteranos...
Demasiado republicano significa que era el candidato más republicano de todos, y demasiado hispano para ser blanco, quiere decir que a pesar de estar casado con una mexicana y de hablar español con fluidez, a los electores tal vez les pareció que ese era papel para Marco Rubio, cubano hijo de cubanos, y para Ted Cruz, también cubano hijo de cubanos y ultraconservador, pero ambos menos blancos, menos típicos, menos republicanos, si se quiere…
El hecho es que al retirar su aspiración, Jeb Bush, dio la estocada final a la carrera política de su controvertida familia, en realidad una dinastía a la que los estadounidenses han comenzado a reclamar por la guerra de Irak y todas las consecuencias que generó.
Por eso, la de las primarias en Carolina del Sur no fue una derrota para Jeb, sino una, muy humillante y dolorosa, catastrófica, para los Bush, “gente bien, de abolengo, modales distinguidos, con educación de élite, y de esa actitud sosegada y medio despreocupada de quienes están acostumbrados a los honores y las responsabilidades que les llegan casi por derecho propio”.
Jeb Bush se retiró por alguna razón entre su gran disciplina partidista y su mala suerte. Sin esforzarse en parecerlo, todo Estados Unidos lo distinguía como el más inteligente y capaz de la familia (el único, al decir de críticos ácidos).
Hace algunos años, cuando se enteró de que Jeb tenía todo listo para ser candidato, su hermano George W. se le adelantó. Y, ahora, cuando era el mejor, su pupilo Marco Rubio le clavó la espada que le regaló para que defendiera el ideario republicano.
Con ese bagaje y con el apoyo récord de grandes donantes, la enorme red de contactos familiares y el recuerdo de los floridanos de lo que hizo durante 10 años en la gobernación, Jeb Bush era el candidato republicano ideal.
Pero, con Rubio de segundo, detrás de Trump, Bush, nervioso, buscó que toda la familia le ayudara en la campaña. Era algo tarde y ya le decían lo que le dijo Trump: aspirante de baja energía. Querían decirle que no tiene carisma.
Tampoco pudo nunca deshacerse de las complicaciones generadas por su ilustre familia. Al principio dijo que él era independiente, con sus propias ideas, pero ante el asedio de los periodistas, no se atrevió a fijar una posición clara sobre la controversial decisión de su hermano de ir a la Guerra en Irak en 2003.
Jeb Bush llevaba toda su vida adulta preparándose para lanzarse por la presidencia. Ahora, ha quedado por fuera de los aspirantes. Pero, en verdad, la que ha quedado trunca es la frenética búsqueda del poder por parte de los Bush.
Era el heredero de la dinastía, y todo lo tenían preparado para enfrentar a la otra dinastía poderosa: la demócrata de los Clinton que, al menos hasta que se de en noviembre la elección presidencial, releva a los Bush como la familia más poderosa del mundo.
