Al exembajador de Estados Unidos en Colombia Lewis Tambs se debe una arrogante definición de los países del Caribe: “son independientes sólo porque tienen una bandera, un equipo de fútbol y una silla en las Naciones Unidas”.
En un sentido parecido hizo carrera hace algunos años el concepto de que a Colombia la unen solo su bandera, su himno nacional, la Selección de Fútbol de Mayores y uno que otro deportista de élite.
Algunas veces, también los ciclistas en el exterior y las candidatas al torneo de Miss Universo.
Pero, estos días, una extrañísima película se convirtió en esa especie de ícono unificador de millones de colombianos. Porque, sin duda, El abrazo de la serpiente es una película muy extraña.
Además de sus particularidades técnicas, que la hacen por lo menos atrevida y exótica en la medida en que muestra en blanco y negro todo ese apabullante multicolor de la gran selva, es una película que ya se ganó un lugar en la historia.
No por haber estado como finalista en el Oscar ni haber ganado una larga cadena de premios internacionales, si porque en ella se hablen nueve idiomas, incluido el español, ni porque sus principales actores sean indios de verdad haciendo de indios…
Tampoco, porque hayan escrito ríos de tinta para elogiarla y reseñarla ni porque el mundo se haya enterado de que si hay algo grandioso en todo el planeta, ese es el mundo Amazónico, con su descomunal desmesura y todos sus misterios y toda su incalculable riqueza.
No es una cinta histórica porque se hizo con todos los presupuestos tan medidos que la película fotográfica se acabó exactamente al final de la última escena filmada. Menos, porque en por lo menos 60 países del mundo, ahora Colombia es diferente…
Es un hito histórico, porque demostró que en Colombia se puede hacer excelente cine sin acudir, como antes, al manido elemento del narcotraficante aterrador que, en criterio de productores, vende y genera sintonía.
En El abrazo de la serpiente se registra una carcajada descomunal de burla, muy lejana de las risas socarronas del protagonista barriobajero ante un chiste procaz y vergonzoso.
Se puede hacer excelente cine sin paraísos nacidos de las tetas y sin la prostitución prepaga, y sin la indigencia atiborrada en cada escena y sin el lenguaje de arriería de los escasos diálogos que permiten los eternos tiroteos.
Sin chabacanería, sin miserabilismo, sin drogadictos, sin tantos viejos odios y su vieja guerra, sin cantinas de mala muerte convertidas en epicentro de la vida diaria, sin apologías del delito, sin violencia… así también, quedó más que demostrado, así se puede hacer un cine digno, hermoso, de premio.
El abrazo de la serpiente es la historia épica, sencilla y aleccionadora del encuentro, la traición y la amistad de Karamakate, un chamán amazónico, último sobreviviente de su tribu, y dos científicos separados por 40 años en el tiempo, pero muy unidos en su propósito de apoderarse de la yakruna, una planta sagrada capaz de curar sus males.
Está basada en los diarios de Theodor Koch-Grunberg y Richard Evan Schultes, primeros exploradores en recorrer la amazonia colombiana, y en el infinito deseo de los indios de salvar a toda costa el Amazonas, como la más grande reserva medioambiental del planeta, como la región mágica donde la vida es todo, y todo es vida.
El cine bello, como lo demuestra El abrazo, es merecedor de nuestro reconocimiento, como lo es todo aquello que niegue el crimen, la cultura de la ilegalidad basada en el abominable y obsceno principio salvaje de que todo vale o se hace valer.
Que no haya ganado el Oscar como mejor película extranjera ya poco importa, comparado con el mensaje que dejó esta producción extraordinaria.
