¿A qué huele Cácota? Quizás, ni los mismos cacoteños lo sepan con toda la precisión científica que se requiere, pero, sin duda, todos los sabremos dentro de poco, cuando Manuel Isidro, Leslie Estéfany Guerrero y Andrés Flórez terminen la investigación que desarrollan con todo el rigor y toda la seriedad que se necesitan.
Por ahora, el trío de investigadores está dedicado a identificar, por el aroma, todas las plantas del pueblo. Es un trabajo dispendioso para cualquiera, pero para los científicos es como un juego de niños.
Y, la verdad, es que los tres lo son. Apenas están en la escuela, pero tienen ya la suficiente madurez para dedicarse a la investigación científica que tanto falta en Colombia. Son como los alumnos de Olga Torrado, maestra en el colegio Llano Alto, en Ábrego, que descubrieron que si en el pueblo alguien se quiere dedicar a explotar comercialmente las hormigas culonas, debe tener en cuenta que cambian de hábitos, por razones que los niños descubrirán. Sin duda que lo harán pronto.
Son solo dos ejemplos de lo que se está logrando con el dinero de las regalías en los pueblos de Norte de Santander, el mismo dinero que alguna vez, en Arauca, se gastaron en una piscina con olas que es más un esperpento que una solución a problemas de las gentes.
Acá, el Proyecto Enjambre, para el que hay 54 mil millones de pesos, ya está arrojando frutos interesantes: lograr que en vez de irse en la tarde a jugar fútbol o a recorrer el pueblo, los niños vigilen una colonia de hormigas culonas, es uno de ellos, incluso más grande que los eventuales descubrimientos.
Ya hay lo que hacía falta: dinero y verdaderos maestros que, en lugar de que obliguen a los niños a aprender de memoria las tablas de multiplicar o las fórmulas para encontrar superficies geométricas, les enseñan a ser curiosos, a intentarlo y quizás fallar para volver a intentarlo, a fin de que, como premio a su esfuerzo, todo Cácota sepa que su pueblo huele a la ternura con la que sus niños tratan a las plantas aromáticas.
Los de Cácota y Ábrego y los de Pamplona que idearon un sitio en internet para que sus compañeritos lo visiten en vez de andar exponiéndose en las redes sociales, no son los únicos niños investigadores.
Por todo el departamento hay grupos de mentes infantiles trabajando con la fiebre que producen las ansias de saber, en busca no de la piedra filosofal, sino en la de toque, que permite saber si lo aprendido en la escuela es oro o es basura.
En las aulas de Norte de Santander, como en las de muchas otras partes, se necesita ciencia, no especulación. Se necesita el rigor de Estéfany o de Andrés o de Manuel para saber, con argumentos, que toda yerbabuena es menta, pero no toda menta es yerbabuena, y que el aroma de Cácota puede tener parte de esta planta.
En las aulas de Colombia también se necesita imaginación a raudales, como la de nuestros niños, capaz de impulsarlos a investigar a qué huele su pueblo, o a qué se dedican las culonas en los 10 meses que no se les ve.
Imaginación, ciencia, disciplina, rigor… esto lo ponen los niños. Al Estado le corresponde financiarlos, y este es el factor de mayor riesgo, porque donde está el dinero del Estado están rondando los corruptos.
Ojalá los escolares de Arboledas o los de Villa del Rosario o los de Puerto Santander investigaran y descubrieran cómo acabar con la corrupción, o, por lo menos, qué hacer con los corruptos.
Sería el descubrimiento del milenio.
