Hace mucho rato que las Farc son conscientes de que, políticamente, nada significan en Colombia. Desde luego, si no se considera el criterio de que la guerra es la continuación de la política por otra vía, como lo creen algunos en la izquierda.
Sin embargo, muchos colombianos, solo con el análisis de su sentimiento y su deseo, les otorgan tantas posibilidades, incluso electorales, que imaginan un gobierno encabezado por los comandantes guerrilleros. Y, claro, sienten pánico.
Eso no va a suceder, a menos, desde luego, que las Farc logren en paz los objetivos que nunca alcanzaron en casi 60 años de guerra: a punta de discursos y de proselitismo, imponer sus puntos de vista y sus ideas, como todos los demás políticos colombianos: sin armas, a puro pulso, a mero verbo.
Tantos años de guerra han demostrado que, militarmente, las Farc son un factor fuerte, bastante insuficiente, sin embargo, para tomarse el poder. Y, ahora, a punto de que en política puedan alzar vuelo sin el respaldo de los fusiles, caen de porrazo en la cuenta de que tampoco tienen cómo llegar a donde quieren.
Su descubrimiento es el resultado de dejarse llevar, también ellos, por ese síndrome de la soberbia que hace que el político se sienta el ser más importante sobre el planeta, el triunfador eterno, el que lo permite todo o nada, el que piensa que su voluntad es la ley, y se comporte como tal, incluso por encima de la ley, y sin percatarse de que solo pisa fango deleznable y algunas veces pútrido.
Con esa certeza en mente, preocupados, a los comandantes guerrilleros les puede estar ocurriendo que la dinámica del proceso de paz los está arrollando y sacando de su posición inercial. Y, entonces, tratan de que paren el motor o, por lo menos, de que lo frenen, para que los acontecimientos no se les vayan encima.
Por eso, provocan al gobierno con desplantes como el de Iván Márquez en Conejo (La Guajira), socializando el proceso de paz desde su punto de vista, que ya lo demostró allí, es tan endeble que debe respaldarlo con decenas de fusiles.
El desplante, del tipo embate final, que se utiliza en toda negociación, les salió mal a las Farc, que ahora deberán bajarle volumen a su soberbia, porque ya no pueden apalancar ni las bravuconadas de Seusis Pausivas Hernández o ‘Jesús Santrich’ , ni la retórica cada vez más anacrónica de Rodrigo Londoño Echeverri o ‘Timoleón Jiménez’ o ‘Timochenko’, ni las ínfulas de semidios de Luciano Marín Arango o ‘Iván Márquez’.
Hasta hace algún tiempo, las Farc estaban sobrevaloradas; hoy, están en sus platas, es decir, son lo que son.
Pero, acostumbrados al pesimismo y al negativismo, y acogotados por ese eterno temor al cambio, no creemos ni en lo cerca que está el final del acuerdo ni en las enormes posibilidades que se abren; mucho menos aceptamos que las Farc serán solo un partido más, con derrotero muy claro, pero sin fuerza, sin futuro.
Un partido más que terminará, es lo más probable, subsumido en todos los demás, y muy posiblemente jugando al clientelismo para que sus líderes puedan sobrevivir en el mar de la política colombiana, más tormentoso y peligroso que la propia guerra.
Los acuerdos de La Habana se tendrán que cumplir. El hecho de que siga primando el criterio de que, luego de la firma final, todo seguirá lo mismo, no es otra cosa que parte de sentirnos aún secuestrados por la guerra.
Tantos países y líderes mundiales, incluso el propio presidente Barack Obama, comprometidos con este proceso, no pueden ponerse de acuerdo todos para jugarnos la mala pasada de terminar sometidos a las Farc.
Eso no cabe en ninguna cabeza sensata.
