Es gratis, pero no medianamente gratis ni tampoco un poquito gratis. Por eso debe de haber una precisión del Ministerio de Educación Nacional y de las secretarías del ramo en cuanto a las matrículas en los colegios públicos, en las cuales no hay que pagar ni un peso.
Por lo tanto, la educación es gratis y ahí no cabe opción valedera alguna para los ya famosos ‘aportes voluntarios’ que de nuevo salieron a relucir en Norte de Santander, puesto que ahí podrían estarse produciendo delicados efectos.
Entre ellos, el de la deserción porque si los padres de familia o acudientes no cuentan con dinero para ello, puede suceder o que se abstengan de volver a llevar al niño o adolescente al colegio o que lo dejen sin cupo.
Ambos constituyen una violación al derecho a educarse tipificándose en un procedimiento generador de desigualdad y en una desatención a las manifestaciones del Estado Social de Derecho para que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades.
De los ‘aportes voluntarios’ siempre se habla por esta época en que se llevan a cabo las matrículas en las instituciones educativas oficiales, razón por la cual vale la pena que los gobiernos revisen y le pongan atención a ese asunto netamente ligado a cuestiones presupuestales.
El caso ha tomado visos tan delicados que deberían la Procuraduría, la Personería y la Defensoría del Pueblo entrar a jugar un papel protagónico para defender a los estudiantes con el fin de que la gratuidad sea real y que su derecho a la educación permanezca inalterado.
La prueba se manifiesta en lo expresado por directivos de la Liga Municipal de la Asociación de Padres de Familia de Cúcuta: “este es un tema que se repite todos los años porque no dicen que es voluntarios, sino que lo condicionan a ser obligatorio y sabemos que muchos colegios lo hacen porque no les alcanzan los recursos, pero los papás no se pueden quedar callados”.
Por lo visto, este es uno de los tantos problemas que en Colombia y en la región han ‘envejecido mal’ y para los cuales la vista gorda parece ser la opción con la cual el Estado siempre ha venido respondiendo.
Y como esto no puede quedarse así para siempre, a las secretarías de Educación les vendría muy bien hacer una relación de colegio por colegio y de escuela por escuela, con el fin de saber cuál es la cantidad de dinero más próxima a la realidad que necesitan para funcionar adecuadamente y sin angustias.
Una vez obtenido ese balance bien elaborado, comprobado y auditado, entonces proceder a generar los trámites de gestión ante las diferentes instancias nacionales, regionales y locales para que estos gastos reales sean incluidos en los presupuestos anuales y se consigan las partidas respectivas para solventarlos.
Es que nada debe de detener la posibilidad de que un niño, adolescente o joven vaya al aula, sin estar expuesto a los riesgos de la calle o de un ocio desbocado o de caer en las manos de los grupos armados ilegales.
Teniendo en cuenta lo anterior, es la hora de empezar a acabar los ‘aportes voluntarios’ no solo con castigos disciplinarios o de otra índole, sino con determinaciones económicas en las que el Congreso de la República y el Ministerio de Hacienda también deben actuar para suprimir ese déficit que cargan los establecimientos de enseñanza y que termina atropellando el derecho a educarse.