En su gran mayoría son irresponsables, atrevidos, abusivos, violadores de cuanta norma legal existe y dueños de una prepotencia y una soberbia inauditas. Y, para rematar, son los conductores más borrachos de Colombia.
Hablamos de los motociclistas, personas para quienes no existe el menor asomo de responsabilidad, y por ello exponen no solo su vida sino las de cuantas personas van por las calles. No solo las de quienes van en auto o en bicicleta; los peatones también son víctimas de los motociclistas, que les robaron los andenes y las vías peatonales.
En Cúcuta, aunque suene algo duro decirlo, son una especie de maldición sobre ruedas: es difícil encontrar un accidente de tránsito en el que motociclistas no estén involucrados. Las estadísticas oficiales indican que en nueve de cada 10 accidentes hay un motociclista como causante o como víctima.
En Colombia, cada día mueren en promedio ocho motociclistas en las vías. El año pasado, hubo en el país 6.402 muertes en accidentes de tránsito, y 2.914 fueron de motociclistas, según el Instituto de Medicina Legal.
También ese año, los motociclistas fueron quienes en mayor número fueron sorprendidos conduciendo bajo los efectos del alcohol: 22.199 casos. Y aun cuando nadie debe conducir un vehículo automotor mientras está embriagado, no hay duda de que quienes menos deben hacerlo son los motociclistas, cuya seguridad descansa sobre la más precaria de las defensas: dos ruedas de 6 centímetros de ancho. Si acaso.
Y si se tiene en cuenta que cada día hay de 20 a 30 accidentes de tránsito en la ciudad, se puede afirmar, sin temor a exagerar, que los motociclistas son el mayor peligro en las calles cucuteñas: son 70 mil, y todos violan todas las leyes de tránsito, y con mayor razón ahora, que no hay semáforos.
Y, si como lo señala el Sistema Integrado de Información sobre Sanciones y Multas por Infracciones de Tránsito (Simit), los motociclistas andan borrachos, la situación se hace más que preocupante. Se trata, sin dudarlo, de una verdadera emergencia social que afecta a todos los sectores de la comunidad.
Cualquier centro de salud (hospital, clínicas) tiene problemas para atender, con la calidad que se requiere, a las numerosas personas que acuden a ellos cada día en busca de atención de emergencia por razón de accidentes con motocicletas.
El problema comienza desde cuando a cualquier persona, sin la más leve noción de las normas de tránsito, le entregan la licencia que oficialmente otorga el estatus de conductor de vehículo automotor. Y las autoridades no saben que la persona no es apta, porque la corrupción impide examinarla, a cambio de dinero o de recomendaciones.
Y esto no es secreto para nadie. Pocas dependencias oficiales más corruptas que las oficinas de tránsito, realidad a la que Cúcuta no es ajena. Y no de ahora; desde hace largo tiempo son vox populi las irregularidades que allí ocurren.
Cabe preguntar cuántas licencias de motociclistas han suspendido aquí, por el hecho de que alguien conducía embriagado uno de esos aparatos. Ebrio, o drogado, que es una situación a la que las autoridades no le prestan atención. Quizás ni les interesa.
Es doloroso que, por razón de esa negligencia y de la corrupción, miles de jóvenes estén muriendo en las calles —o sufriendo muy graves incapacidades de carácter permanente—, solo porque, para el caso de Cúcuta, desde el alcalde para abajo todas las autoridades toleran la locura sobre dos ruedas.
