Hace unos días, leí un trino de un columnista defendiendo el nombramiento de Alfredo Acosta Zapata en el Ministerio de la Igualdad. Decía que si por algo será recordado el gobierno de Gustavo Petro es por haber abierto las puertas del poder a sectores históricamente marginados de la democracia colombiana. Difiero por completo de esa visión. El mensaje que se envía es perverso: la verdadera diversidad no consiste en llenar sillas con cuotas de escándalo, sino en nombrar personas competentes, honestas y ejemplares que representen con altura a esas comunidades.
¿Acaso no hay indígenas con maestrías, doctorados y trayectorias intachables? ¿No hay profesionales de la comunidad LGBTI con formación sólida y hoja de vida limpia, que no provengan de la industria pornográfica? ¿De verdad no hay jóvenes juiciosos, pilos y honestos para tener que intentar nombrar viceministra a una amiga íntima del presidente, cuyo título universitario hoy genera más dudas que certezas?
Muchos advertimos desde el inicio que el Ministerio de la Igualdad sería una máquina de burocracia diseñada para pagar favores de campaña. El paso de Francia Márquez dejó más frustración que resultados. Luego llegó un ministro tan irrelevante que ni su nombre quedó en la memoria colectiva, salvo por haber permitido una humillación pública a la comunidad afro. Cualquiera con dignidad se habría levantado de la mesa.
Después vino el ministro que se autodenominaba “ministra” para eludir la ley de cuotas, cuyo principal “mérito” para llegar al cargo fue haber sido actor porno. Lo que vemos es una claudicación moral. Pasamos de la inoperancia a entregar la dignidad institucional, a perfiles cuya única credencial es el escándalo. No es mojigatería, son principios: el gobierno debe ser un faro ético, no un validador, eneste caso, de la explotación sexual. Jamás será libertad lo que nace de la necesidad. En lugar de rescatar a las personas de un mundo cruel e inhumano, este Gobierno les hace el juego a los proxenetas y normaliza la degradación humana.
Y cuando creíamos que no se podía caer más bajo, llega el nombramiento de Alfredo Acosta Zapata.
Este nombramiento no solo es un insulto para el país, sino también para nuestros héroes de la patria. Gustavo Petro, como tantas veces, vuelve a pararse del lado equivocado de la historia: el de los violentos. Jamás ha abandonado su espíritu insurgente. Aplaude la subversión y premia conductas que atentan contra la institucionalidad.Acosta lideró una asonada en Toribío para rodear, retener y expulsar —arrastrados— a los militares que custodiaban las antenas de comunicaciones. Nuestros héroes de la patria fueron escupidos y maltratados. ¿Dónde queda el respeto por la Fuerza Pública? No solo hay impunidad frente a esos hechos, sino recompensa.
Y ni hablar del intento de nombrar a Juliana Guerrero, amiga íntima del presidente, como viceministra de la Juventud, pese a las serias denuncias sobre su formación académica. Como tantas veces, ante la crítica, el presidente optó por cambiar la narrativa y reducir el debate a un falso conflicto de clases: que el problema no era la falta de mérito, sino no provenir de la Universidad de los Andes. Ese no es el punto. Aquí no se discuten orígenes sociales ni universidades “de élite”, sino honestidad, mérito y respeto por lo público. Defender estos nombramientos no solo es corrupción; envía además un mensaje devastador a los jóvenes: que no importa esforzarse, estudiar o trabajar, sino trepar arrodillándose ante el poder.
Bienvenida la inclusión de los sectores históricamente marginados, pero con los mejores. Con los honestos. Con los berracos que, pese a todo, se han esforzado y hoy son grandes colombianos. Esos eran los que había que nombrar.
Porque los cargos públicos no existen para pagar favores ni para satisfacer egos. Existen para servir a su finalidad. Y la finalidad del poder es servir al pueblo, no servirse de él. Nombrar impresentables no abre puertas: las cierra. Y no solo para este Gobierno, sino para las futuras generaciones de indígenas, afros, jóvenes y comunidades LGBTI que sí merecen llegar al poder por mérito, no por clientelismo disfrazado de inclusión.
Eso, presidente, no es inclusión. Es traición.
Adenda:
Comandante de las Fuerzas Armadas, Hugo Alejandro López:
¿Tendrá usted la dignidad de rechazar este nombramiento o permitirá que se humille a la Fuerza Pública?
El honor militar no se negocia.
¡Nuestros héroes de la patria se respetan!
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