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Plan General de Estudios de 1826 y la Biblioteca Nacional de Colombia
Para Santander, la biblioteca no era un adorno para la capital; funcionaba como el laboratorio donde se fabricaba el futuro, el lugar de formación para quienes debían dirigir los destinos del país.
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Martes, 12 de Mayo de 2026

Se ignora con frecuencia que una Nación no se funda solo con batallas, sino con la organización de su pensamiento. La Biblioteca Nacional de Colombia (BNC) cumplirá pronto dos siglos y medio de existencia —tomando como punto de partida su origen virreinal en 1777—, pero lo que realmente nos convoca en este 2026 es un hito político distinto. Conmemoramos el bicentenario de una transición radical: el momento en que esa colección heredada de la Corona española se transformó en el eje del pensamiento ciudadano bajo la nueva República.

Debemos situarnos en 1826. La institución ya consolidaba su trayectoria desde que el virrey Manuel de Guirior la fundó con los libros expropiados a los jesuitas. Era la Real Biblioteca Pública, un espacio valioso, pero con el sello del control colonial. Sin embargo, al llegar el 3 de octubre de 1826, Francisco de Paula Santander firmó el Plan General de Estudios. Fue así como la biblioteca dejó de ser un remanente de España para convertirse en el cerebro del sistema educativo nacional.

En este tránsito se encuentra un valor crítico. Santander no solo cambió un nombre; cambió la función del libro en la sociedad. Fue en este marco de reformas donde se gestó la mentalidad que daría lugar, apenas ocho años después, a la Ley de Depósito Legal firmada el 25 de marzo de 1834. Aunque la norma técnica que obligaba a los impresores a entregar sus obras nació en esa fecha posterior, la semilla se plantó en 1826: la convicción de que cada página escrita en nuestro suelo debía ser custodiada por la Nación para asegurar nuestra soberanía intelectual.

Esta visión constituyó una salvaguarda contra el olvido. Santander entendió que, si no guardábamos nuestra propia historia, alguien más la escribiría por nosotros. El espíritu de reunir la producción nacional fue nuestro primer paso firme en la defensa de la memoria colectiva. Organizar una biblioteca bajo el control del Estado en medio de la precariedad de una Nación que apenas nacía representó una apuesta por la razón. Se impuso la certidumbre de que el acceso al conocimiento constituye la vía indispensable para que el individuo deje de ser súbdito y se haga ciudadano.

Para Santander, la biblioteca no era un adorno para la capital; funcionaba como el laboratorio donde se fabricaba el futuro, el lugar de formación para quienes debían dirigir los destinos del país. Mientras otros se concentraban en las bayonetas, él se centraba en el catálogo, sabiendo que las leyes se defienden mejor con personas que comprenden su realidad que con soldados que solo obedecen consignas.

Al mirar este bicentenario del Plan de 1826, la reflexión es obligatoria. Se nos entregó la estructura y la ambición, pero la pregunta sigue vigente: ¿cuántas de nuestras decisiones actuales pasan por esa consulta rigurosa con la sabiduría que los libros custodian? Recordar estos 200 años debe ser el momento de recuperar la urgencia de aquel tiempo: entender que la lectura es la herramienta más poderosa para que nuestra identidad no sea una cáscara vacía, sino un argumento sólido frente al mundo. La BNC ha tenido directores excelentes, pero, creo, que en el siglo XX el más recordado es Daniel Samper Ortega: 1931-1938. Como director fue el gestor, seleccionador y director de la célebre Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, antología de 100 volúmenes.  


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