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Nostradamus: la profecía y el mito que nos gusta creer
Nostradamus escribió en un contexto donde la ambigüedad era una forma de protección.
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Jueves, 15 de Enero de 2026

Hay ideas que sobreviven no porque sean verdaderas, sino porque resultan cómodas. Otras, porque alimentan el miedo, la curiosidad o esa necesidad humana de creer que el caos tiene un guion oculto. Las supuestas profecías de Nostradamus a mi parecer pertenecen a ese grupo: un fenómeno cultural persistente, reciclado siglo tras siglo, que dice más de nuestra forma de interpretar la realidad que de la capacidad predictiva de un médico francés del siglo XVI.

Cada vez que el mundo atraviesa una crisis, una guerra, una pandemia, un atentado, una catástrofe natural, reaparece Nostradamus como si hubiese estado aguardando pacientemente su momento. Se desempolvan cuartetas ambiguas, se reinterpretan palabras arcaicas, se traducen y retraducen versos oscuros, y se nos dice, con tono solemne, que “lo que está sucediendo hoy 470 años después ya estaba escrito”. Como si los acontecimientos humanos no fueran el resultado de decisiones políticas, errores colectivos, ambiciones económicas o simples coincidencias históricas, sino la ejecución puntual de un libreto profético.

Pero ahí está el problema: las profecías de Nostradamus no existen como tales. Existen textos vagos, deliberadamente crípticos, abiertos a infinitas interpretaciones posteriores. Lo que hacemos hoy no es leer el futuro en sus palabras, sino acomodar sus palabras al pasado que ya conocemos. Es un ejercicio de retro lectura, no de predicción. Un juego intelectual que se vuelve peligroso cuando se presenta como verdad revelada.

Nostradamus escribió en un contexto donde la ambigüedad era una forma de protección. En tiempos de inquisición, guerras religiosas y persecuciones, hablar de manera directa podía costar la vida. Sus cuartetas no eran mapas del porvenir, sino textos lo suficientemente abiertos para no comprometer a su autor. Y precisamente por eso, siglos después, pueden decirlo todo… y no decir nada.

Sin embargo, hemos construido alrededor de él un personaje casi mitológico. Un vidente infalible, un sabio adelantado a su tiempo, un testigo privilegiado del destino humano. Le hemos atribuido conocimientos que nunca afirmó tener y certezas que jamás formuló. La cultura popular ha hecho el resto: documentales sensacionalistas que veía de niño, titulares alarmistas, videos virales y libros que prometen revelar “la profecía que Nostradamus no quiso que conocieras”.

Lo curioso es que las llamadas profecías solo “aciertan” después de que el hecho ocurre. Nunca antes. Nadie predijo con precisión una fecha, un lugar, un responsable, un contexto verificable. Todo encaja únicamente cuando el evento ya es historia. Y aun así, preferimos la ilusión del destino escrito a la incomodidad de aceptar que el mundo es incierto y que el futuro se construye, no se adivina.

Hay además un componente preocupante: el uso interesado de estas supuestas profecías. Se acomodan a eventos confidenciales, a tensiones geopolíticas, a miedos colectivos, para generar impacto, manipular emociones o simplemente vender. El misterio vende. El miedo fideliza. Y la profecía, aunque falsa, resulta rentable, como las cartas o las constelaciones.

Pero no se trata solo de desmentir a Nostradamus. Se trata de cuestionarnos como sociedad. ¿Por qué seguimos necesitando creer que alguien ya vio lo que va a pasar? ¿Por qué nos tranquiliza pensar que las tragedias eran inevitables y no consecuencia de nuestras decisiones? Tal vez porque así eludimos responsabilidad. Si todo estaba escrito, nadie es culpable.

Como en otros fenómenos culturales que he analizado, aquí también hay una normalización peligrosa: la de renunciar al pensamiento crítico a cambio de una narrativa cómoda. Hemos transformado la coincidencia en destino y la interpretación en prueba. Y cuando eso ocurre, dejamos de analizar la realidad para simplemente buscar confirmaciones de lo que queremos creer.

Nostradamus no predijo el futuro. Nosotros lo reescribimos constantemente para que encaje con nuestro presente. El mito no está en sus textos, sino en nuestra insistencia en convertirlos en verdad.

¿Qué estamos haciendo, como sociedad, para no repetir los mismos errores de siempre?


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