Que solo fueran las estupideces del vecino, vaya y venga, pero son ni más ni menos que las de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, la persona que desempeña el cargo con más poder en el mundo. En ocasiones, todos cometemos estupideces, incluido el papa en Roma, pero con Trump, la cosa cambia, pues sus estupideces no son ocasionales; son permanentes, en lo grande y en lo pequeño y que, para colmo, no se pueden discutir, como si la suya fuera la palabra de Dios, respetuosamente escuchada.
Parece un Superman de tira cómica, que no se cansa de autoalabarse y de autodesignarse el gestor o ejecutor de todo lo imaginable. A los demás, no nos quedaría sino meter la cola entre las patas, cual perro castigado y alabarlo a él, que es el más grande, el responsable de todo lo bueno que hay en la tierra; lo malo, obviamente es obra de sus enemigos, de los cuales pronto dará cuenta. Esto sucede en el actual escenario político norteamericano, un edificio deleznable, que heredó el actual presidente y que aprovecha para reinar sin control.
Hasta ahora, la oposición demócrata, no ha capitalizado el creciente desgaste de Trump y su gobierno, que acabará arrastrando al Partido Republicano, donde las voces antitrumpistas son escasas pero crecientes. Los demócratas a los cuales Trump les tira con todo, están debilitados, sin proyecto ni dirección; no logran reponerse de la paliza que les infligieron los ciudadanos en las pasadas elecciones. En estas circunstancias, los Republicanos pueden tener la gran oportunidad para recuperar y rehacer su Partido, capturado por Trump, aprovechando que el reinado de este se debilita, con solo un año en el poder.
Los republicanos, ante todo, necesitan liberarse del yugo trumpista, que hoy los tiene amarrados. Este es el momento para marcar distancias, cuando el reinado del actual presidente empieza a debilitarse y aún le quedan tres años mal contados de su período; serán años de desgaste de la figura y la credibilidad presidencial. El gran reto para los demócratas es, conservar al menos el actual respaldo ciudadano y marcar con Trump y sus incondicionales, diferencias claras en sus propuestas, para recuperar y fortalecer su sintonía con las preocupaciones y demandas de la mayoría.
Trump es un personaje caracterizado por su alma provocadora y disruptiva que, cual ráfaga, entró y se apoderó del escenario del Partido, a hombros de sus fieles seguidores, los republicanos trompistas. Lo hizo pisando y hablando duro y ofreciendo posibilidades de negocios al que tuviera con qué – plata, amigos, ganas -. Es crudo y mentiroso, fantasioso e irresponsable con sus planteamientos racistas, nacionalistas y maniqueos, Divide a las personas entre buenos, los que piensan y son como él, y los malos, que serían todos los demás, a los que, despreciativamente, califica de indocumentados, ladrones, asesinos… Trump es la expresión de una mentalidad enfermiza de negociante; para él, todo tiene un precio y su único propósito, es conseguir lo que se quiere, lo que sea, eso sí, al menor precio posible.
En esa perspectiva, el mundo se vuelve una rebatiña entre compradores, donde ganan los más hábiles y los que tengan la billetera más poderosa. El mundo de Trump, es uno donde hay muchos ricos, mucha plata y negocios, mucha desigualdad, con sectores inmensamente ricos y otros inmensamente pobres y excluidos. El grito de batalla es “enriqueceos” a cualquier costo, pasando por encima de los derechos tanto de la naturaleza, como de las comunidades y de los sectores marginados.
Claramente, ese no es el camino al desarrollo de la capacidad productiva de las economías nacionales sobre las cuales se estructura la mundial. Ni de estructuras sociales de convivencia y de respeto de los derechos. Trump en su fantasía, quedó prisionero de la época del gran despegue norteamericano en los veinte años posteriores a la Segunda Guerra; d los “veinte gloriosos” del capitalismo norteamericano, que reinó en Occidente como el poder indiscutido, en un mundo bipolar, donde el otro medio, eran los países socialistas con su centro o motor en la Unión Soviética.
Ese es el mundo al cual Trump quisiera regresar, pero hoy, otras son las posibilidades, otra la organización del poder. Es un mundo que fue, pero ya no es ni volverá a ser. Es el fantasioso sueño trumpista, que lo llevará al fracaso, por ahistórico.
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